TITO MATAMALA
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Lunes 30 de agosto.

COLUMNAS, RESEÑAS Y DIVERTIMENTOS


Lanzamiento de "La gran breve guía de los animales salvajes" en Santiago. El libro es bellísimo, regalo ideal para tus hijos o sobrinos, o para cualquier viejo que conserve el alma de un niño.


La belleza es oscura y desagradable


“La cara del miedo” se abre camino por dos campos: es a la vez novela siniestra y biografía de Edgar Allan Poe, el gran maestro de la narrativa turbia y de la poética de cementerios. Un sujeto que el autor de “El corazón delator” conoció en su juventud, un esclavo que nació sin pigmentación en la piel, desea replicar los crímenes de la ficción en la realidad.

  Existen dos momentos claves en la producción literaria de Edgar Allan Poe: cuando escribió el poema “El Cuervo” y, antes, cuando escribió la novela corta “Los crímenes de la calle Morgue”. Ambos, como se estilaba en la primera mitad del siglo XIX, aparecidos en periódicos de gran circulación, comentados, elogiados o repudiados por sus lectores. Y también por el ejército de críticos literarios, del cual el propio Allan Poe formaba parte. Como a veces escribía con seudónimo, quién sabe si habrá reseñado algunos de sus poemas o narraciones.


Pero en la novela “La cara del miedo”, Nikolaj Frobenius propone un tercer momento clave: cuando un desquiciado comete un doble homicidio exactamente como se describe en “Los crímenes de la calle Morgue”. El asesino, lo sabemos desde la primera página, es Samuel, un esclavo que nació con la piel blanca, albino como un fantasma, y que conoció a Edgar en su juventud en la hacienda sureña de su padre adoptivo.


Samuel aprende a leer gracias a Edgar, pero no es capaz de separar la realidad de la ficción, y cree que los textos del escritor son sagrados, premonitorios. El problema es que la premonición no se cumplía, defecto que el asesino desea corregir: “que la realidad copie a la literatura, generalmente de manera negligente y salvaje, no debería sorprender a nadie”.


Edgar tiene otras preocupaciones adicionales. Su esposa Sissy se muere de tuberculosis, es cuestión de semanas o días. Han emigrado de Filadelfia a Nueva York, en donde Allan Poe espera mejores empleos como redactor y crítico literario: “ahí tienes a los neoyorquinos. No creen ni en Dios ni en la razón. Creen en el esfuerzo, ¿no es fantástico?”. Edgar también debe lidiar con un personaje oscuro, un editor y compilador de libros, Rufus Griswold, con quien establece una relación enferma de amor, odio…  y envidia, el pecado capital entre quienes se adentran en la creación literaria. Griswold existió, y se convirtió en el editor de Poe luego de su muerte, aunque incluso así continuó manifestándole su odio.


Además, y para peor, Edgar Allan Poe bebe, y mucho. Por varios días pierde la conciencia y se sume en el alcohol, lo que terminará por desgastarlo hasta morir: “cuanto más bebe, más se convence de que su éxito es una conspiración”. La bebida es causal de numerosos despidos en los medios de prensa, no se puede confiar en él. Por eso, Poe vuelve a la carga contra Griswold y todos los demás. Escribe rabiosas semblanzas de los escritores contemporáneos, los acusa de plagiadores sin talento, y luego espera sus reacciones. A veces, para su pesar, no hay reacciones. Entonces cae en la botella, literalmente: “soy mejor en horizontal”. No nos extrañe que Poe afirmara que “la belleza es oscura y desagradable”.


Edgar es, en verdad, insoportable. Lo mueve la necesidad de la fama inmediata, y cuando la consigue es incapaz de disfrutarla, porque bebe oporto sin pausa. Y champán, pues “contiene todos los minerales que precisa para ser totalmente humano”.


El asesino, Samuel, lo sigue, y procura ser eficaz en la copia de los crímenes que imagina Poe, quien ya pasa a ser un sospechoso para la policía. Sus enemigos literatos están de suerte: puede que Edgar no sea un gran escritor sino sólo un gran criminal que escribe lo que acomete.


“La cara del miedo” (Roca Editorial) es una novela retorcida, y no puede ser de otra manera si su autor ha puesto como personaje principal a un dipsómano genial cuya visión del mundo es parecida a mirar a través de un grueso velo de estuco. En varios episodios Nikolaj Frobenius explora muy bien los tintes biográficos que debía incluir en su libro, y explica el modo de razonar de Edgar para haber llegado a obras que hoy forman parte de los clásicos universales. Por lo mismo, “La cara del miedo” funciona mejor en lectores que ya conocían relatos como “El corazón delator”, “El gato negro” o “Berenice”. En la elaboración de “Los crímenes de la calle Morgue”, por ejemplo, Edgar Allan Poe “descubre, una preciosa mañana de primavera, que el final de la novela debe ser el comienzo del argumento. La novela debe empezar allí donde el crimen finaliza”.


Ahora ya saben quién inventó el truco.


 

Ramón Freire merece más calles


En “¡Independencia!”, Alfredo Sepúlveda ejecuta un “spin off” de varias crónicas que no pudo desarrollar a cabalidad en su exitoso libro “Bernardo”. Aquí surgen historias  inauditas y desconocidas de los albores republicanos, y que de seguro no tendrán más oportunidad que ésta de salir a la luz. El autor es un narrador extraordinario que – como un flautista de cuento infantil – nos lleva a conocer algo más de nosotros mismos.

  Ya muy viejo, Ramón Freire Serrano recibe a un par de ayudantes del historiador Diego Barros Arana, a quienes increpa por su falta de cortesía e ignorancia, y por venir mandados para cumplir la pega de “Barritos Arana”. Parece una fantasía, y lo es. Sin embargo, cada verso del testimonio de Freire supura veracidad y reivindicación por su papel cumplido con honor en las mal llamadas “guerras de independencia”. Es el héroe olvidado del sur, el traicionado, el manipulado por la camarilla centralista al mando de Bernardo O´Higgins, el que sacó a patadas a los últimos españoles porfiados que enarbolaban su bandera en la lluvia perpetua de Chiloé.


Freire era uno de los bravos, el que más: “apretábamos los dientes, cerrábamos los ojos, cargábamos. El olor era a orina, sudor, bosta vacuna y equina, mierda de los que se cagaban de miedo, que eran legión. Tristes huasos de ojos aún más tristes, figuras esmirriadas que morirían de todas maneras, si no a manos del enemigo, en las del frío y el hambre”.


¿Recogió un historiador el testimonio así de primera fuente de Ramón Freire? Ninguno. Se trata de la recreación, tan arriesgada como impecable, de Alfredo Sepúlveda, el autor de “¡Independencia!” (Ediciones B). Y Ramón Freire es el centro de una de las siete crónicas o relatos que componen el libro, todos apuntan a desacralizar los dogmas de la historia de nivel colegial que todavía no somos capaces de superar, menos con los bombos del Bicentenario. Mirados bajo la perspectiva de Sepúlveda y su afán investigativo, podríamos recién ahora dejar en el olvido la fraseología de escuela básica: los patriotas, los realistas, el yugo español, los valientes araucanos, la causa criolla y, por supuesto, la “independencia”.


Claro, hubo numerosos historiadores que se empeñaron en la misma tarea, pero escasamente un historiador, un académico, posee la habilidad de explicarle a la plebe los asuntos menores de las guerras. Por ahí va Sepúlveda.


Así que Freire les rezonga a los muchachos que fueron a preguntarle estupideces, se acuerda de sus malos tiempos con el sable en la mano, mandando fusilar a decenas o cientos de huasos o bandidos que eligieron el bando errado, y calculando que toda esa vaina estuvo de más: “a veces me pregunto si alguna vez significamos algo para España, para esa cáfila de reyecitos y administradores genuflexos. Yo creo que les importamos un carajo, entonces y ahora, y la demostración es que esta guerra, este asunto de la independencia, fue de verdad una guerra civil”.


El capítulo de Ramón Freire debe tocar las fibras de la sociedad penquista (ya tocó las mías, como penquista adoptado), porque muchas más calles, muchas más estatuas deberían rendirle honores a su nombre.


Alfredo Sepúlveda derrumba la mitología patria, aquella de la heroica independencia, del noble patriota y del tirano español. Mentira: “la violencia y las arbitrariedades fueron moneda corriente entre patriotas y realistas cuando estuvieron en el gobierno”. Ambos bandos se comportaban de la misma manera y se confundían en sus empeños, sólo unos pocos aristócratas educados o venales tenían las ideas claras, y la mayoría de ellos se alineaba a un lado u otro dependiendo de sus intereses personales. ¿Y el perraje? La pura carne de cañón que demanda la estadística: el gañán a pata pelada que murió en el campo de batalla de seguro apoyando al bando equivocado, porque los dos lo eran.


El problema es que nos quedamos con O’Higgins y Carrera, y la guerra a muerte entre ambos, porque uno y otro han tenido buena prensa histórica, y demasiadas calles con sus nombres. Pero en esos años locos de la “independencia” hubo un cúmulo de hechos y personajes que desconocemos, y que Alfredo Sepúlveda revela con una excepcional prosa que a ratos deviene en poesía. De profesión periodista, el autor es un afortunado entrometido en la historia, porque así le quita sus borlas académicas y permite que cualquier paisano interesado sepa un poco más de sus raíces, de su pueblo y de sus héroes. Y la razón del nombre de las calles de la ciudad en que vive.


Para leer con guantes de asbesto


“Snuff” es una novela agresiva pero genial, cuya estructura se confunde con el mundo que representa: la gigante industria del cine para adultos. Una actriz desea recuperar sus viejas glorias en una orgía que será récord mundial por la cantidad de asistentes, y el video promete ser best seller entre sus fanáticos. Afírmese, que se requiere pana de lector.

  Mesalina, la joven esposa del emperador Claudio, solía deambular por las calles de Roma ofreciéndose como prostituta. Incluso más, a la dama le gustaba desafiar a auténticas mujeres que vivían del sexo: quién podía atender a más hombres en una noche. Y Mesalina ganaba siempre, y ningún hombre de palacio – soldado, esclavo o senador – podía negarse a sus urgencias de bestia.

Eso lo sabe muy bien Cassie Wright, una actriz porno en decadencia que desea relanzar su carrera mediante la grabación de seiscientos hombres teniendo sexo con ella en un solo día. Cassie, los productores, los ayudantes de piso, el director, todos están convencidos de que será una película de culto dentro del multimillonario mercado del hardcore norteamericano. El problema logístico es complejo: dónde conseguir esa cantidad de machos, cómo desplegarlos en el set, cómo guardar sus ropas, cómo evitar que se infiltre un loco o un fanático religioso para intentar herir a la actriz y destruir la filmación.


Eso, el sexo a gran escala, se llama gang-bang en el argot porno. ¿Cómo llegan tantos voluntarios desprejuiciados y temerarios? El Señor 600, uno de ellos, lo explica: “si hubiera una tía buena y disponible, esperando en lo alto del Monte Everest o en la Luna, ya tendríamos construido un ascensor de alta velocidad, o vuelos espaciales de cercanías cada diez minutos”.


En “Snuff” (Editorial Mondadori), Chuck Palahniuk consigue una novela oscura y sórdida en extremo, cuyo vocabulario escatológico nos remite a esta industria del XXX que ha sabido sobrevivir a todas las tempestades económicas por una razón muy simple: los hombres se dividen en dos tipos, los que ven películas porno y los que niegan que ven películas porno.


Los personajes responden a un retrato sociológico de la sociedad: luego del extenso casting, entre los seiscientos voluntarios se encuentra la más diversa gama de las conductas humanas. Hay ancianos y jóvenes enamorados por igual de Cassie Wright, y que le llevan flores o peluches de regalo. Hay un actor porno retirado que también desea reimpulsar su carrera. Hay un muchacho que está seguro de ser el hijo que Cassie dio en adopción al nacer. Hay una asistente, Sheila, que debe mantener el orden de ingreso al set y custodiar las bolsas plásticas en que cada uno ha guardado sus ropas.


La sala de espera es – por supuesto – prostibularia, y el eje que articula la novela. Chuck Palahniuk desdobla su voz de narrador y permite que varios de los aspirantes sean quienes nos cuenten la historia, además de Sheila. Ella se gana un dinerillo extra vendiendo pastillas azules a diez dólares la unidad, y es un buen negocio. Los hombres, mientras, transitan en calzoncillos y arrastran la bolsa con sus pertenencias en espera de su turno para conocer a la gran Cassie, la que actuó en “De aquí a la orgasmidad” o “Un trabajo de puta en Italia”. Esos nombres son todos guiños a títulos del otro cine.


Cassie Wright tiene razones para admirar y homenajear a Mesalina. Pero del mismo modo maneja un montón de conocimientos acerca de actores y actrices del otro cine, el “serio”. Greta Garbo y Lauren Bacall, por ejemplo, bebían leche con cáscaras de huevo molidas para cultivar esa voz ronca y profunda que las caracterizaban. O Marilyn Monroe, que usaba el taco de un zapato más corto a fin de caminar de manera más cadenciosa. Cassie habría querido ser como ellas: “el porno es un trabajo que se acepta después de abandonar toda esperanza”.


¿Podrá Cassie resistir los seiscientos asaltos? Varios de los hombres convocados comentan que antes otras actrices no lo han logrado, ni cerca, y que se ha descubierto que había trucos de edición. O que algunas se quedaban dormidas luego de la primera centena de voluntarios. Cassie sabe que corre el riesgo de perder la vida, y peor cuando ninguna compañía de seguros cubre las incertidumbres de su oficio.


“Snuff” es una novela brava que fisgonea en la trastienda de ese mundo secreto del hardcore, cuyos protagonistas se comportan de la misma manera que si fuesen empleados de banco o choferes de taxis: todos buscan una buena paga y algo de diversión.


Los gringos están majaretas

 “Los hombres que miraban fijamente a las cabras” parece una larga tomadura de pelo al referirse a los proyectos de “guerra síquica” que habrían implementado los norteamericanos. Si usted ya vio la película, el libro es mucho más rico en datos de experimentos mentales y fracasos siderales. Qué culpa tienen los caprinos.

En la primera línea del libro – que se presenta como una investigación periodística y parece más bien una payasada de “Saturday Nigth Live” – el autor es enfático en señalar que “ésta es una historia real”. No obstante, pasado la mitad del texto, Jon Ronson es un poco más vago, y se abre a la posibilidad de reconocer el tono de comedia que su obra adquiere de manera quizás inconsciente: “a los agnósticos de a pie nos cuesta aceptar la idea de que nuestros líderes y los de nuestros enemigos a veces creen que los asuntos mundiales deben manejarse con medios tan ordinarios como sobrenaturales”.

  Ahí vamos entendiendo. “Los hombres que miraban fijamente a las cabras” (editorial Debate) devela varios proyectos secretos de las fuerzas armadas norteamericanas surgidos a principios de los ochenta y tendientes a desarrollar aptitudes síquicas en sus soldados, con la esperanza de poder matar a sus enemigos en los campos de batalla tan sólo mirándolos. Jon Ronson comienza a indagar en esas pistas, todas posteriores a la derrota de los gringos en Vietnam, y se encuentra con un mundo plagado de anécdotas inconcebibles, rayanas en las chifladuras de esos locos de las conspiraciones que hoy pueblan los sitios de la web.

  Entonces, los reclutas eran adiestrados para mirar cabras. ¿Y por qué cabras? Pues, los perros despertarían lógicas empatías en la soldadesca síquica, pocos podrían soportar dar muerte a un animal que por lo general ejerce de mascota. Las cabras, en cambio, daban lo mismo. Jon Ronson escucha una y otra vez el nombre de un mítico soldado que lo habría logrado: detener el corazón de una cabra y verla caer al suelo sin vida. Pero vuelve a escuchar a otros testigos, y el nombre del héroe cambia. Así, es natural que surja un manto de dudas, y que la respuesta más probable es que todos estos gringos sean unos majaretas. Anote otras iniciativas en carpeta: “la bomba fétida discriminadora de razas y el traje camaleónico de camuflaje, proyectos que no acaban de despegar porque a nadie se le ha ocurrido la manera de inventarlos”.

  El asunto de la guerra síquica no se reducía a cabras. Desde su nacimiento luego de la Segunda Guerra Mundial, la CIA experimentó con agentes que intentaban leer las mentes o borrar las mentes de otros. O ser invisibles, o poder atravesar las paredes sólo con un poco de fe y bajo el amparo de la ciencia: en realidad, la física indica que la pared no es más que un montón de átomos en movimiento, tal como el cuerpo humano. “Se trataba – dice Jon Ronson – de media docena de soldados que se pasaban el día sentados dentro de un edificio de madera muy bien custodiado y declarado ruinoso en Fort Meade, Maryland, intentando usar sus poderes síquicos. Oficialmente, la unidad no existía”.

  La verosimilitud y el chanchullo se confunden en el libro de Ronson, a tal grado que uno duda de toda la información que nos entrega. Pero hay hechos concretos indesmentibles: los paranoicos norteamericanos no descartarán ninguna posibilidad de experimentación armamentística aun cuando la aplicación práctica sea ínfima o nula. En una de ésas, dirán, capaz que le resulte primero al enemigo.

  En la operación “Causa justa”, las fuerzas norteamericanas entraron a Panamá a fin de capturar al dictador Manuel Antonio Noriega, el que antes había sido un buen y servicial aliado. El problema – además de los cientos de muertos en las calles – es que Noriega no aparecía en Ciudad de Panamá. Jon Ronson explica que no tuvieron más alternativa que recurrir a uno de los guerreros síquicos de Maryland, y que – luego de enrevesadas pistas, que más bien parecían ocurrencias de sentido común que trucos de adivinación a distancia – tuvieron la información para hallar al ex hombre fuerte del machete. Hoy sigue preso.

  Como si fuese “El arte de la guerra” en la versión de Alejandro Jodorowsky, son tantas las aristas aquí presentadas que uno vuelve a dudar de la sanidad mental de nuestra policía del mundo. Tratar de matar a una cabra mirándola por un largo rato, vaya y pase, suena incluso como sensato. Para todo lo demás, se me acabaron los adjetivos.


¡Tenemos un caso!

 “El asesino irresistible” es un relato de fácil lectura en el que su autor, Juan Bolea, subvierte las reglas del género, ubica a sus personajes en las antípodas de los caracteres clásicos, aun cuando el propósito sigue siendo el mismo: obligar al lector a pronunciarse pronto, ¿quién es el asesino?

 Para que su efecto sea el deseado, la novela policial se asienta en una serie de tópicos de los que es muy difícil alejarse. El policía o detective es un hombre rudo, desencantado con la sociedad y la vida, con una tendencia al fracaso y un pasado oscuro del que intenta inútilmente escapar. Además, es alcohólico, fumador y separado o viudo. Con todo en contra, el protagonista de este género es capaz de conseguir la resolución de un caso, aunque la mayoría de las veces arriesga el pellejo en el asunto.

  Por el contrario, en “Un asesino irresistible” (Ediciones B), el escritor Juan Bolea parece derrumbar la arquitectura de tópicos del género, como si buscase justamente el lado opuesto de cada descripción. Su personaje es una mujer, la subinspectora Martina de Santo, joven, hermosa, “regia”, deportista, exitosa, de gran personalidad y con tendencia a flirtear con la prensa del corazón. No se le conoce un pasado que la atormente, ninguna pena, ninguna tara. Tampoco es la jefa de un área de investigación, y comparte su trabajo con una serie de otros policías – superiores o bajo su mando, obesos, viejos y dipsómanos – entre los que ella destaca por un agudo sentido del análisis y la observación. Martina además es admirada y respetada en lo suyo, tanto que pronto será ascendida al cargo de inspectora. Uno de los subalternos, Horacio, es el narrador de la historia, quien escasamente habla de sí: “mis padres no nos dejaban jugar más allá del canal porque junto a las tapias del cementerio seguían fusilando”.

  Entonces, un asesinato. Ocurre en el palacio de la familia Láncaster, miembros de la vieja y decadente aristocracia peninsular: “Grande de España, dueña de treinta mil hectáreas, de media docena de mansiones y de una veintena de firmas y empresas, Covadonga Narváez estaba sentada en una silla de ruedas”. La anciana duquesa gobierna con mano de hierro las posesiones familiares, por encima de sus hijos Lorenzo y Hugo, claro que ya se sabe que comienza a delegar el poder en pos de su primogénito, Lorenzo.

  La madrugada del 25 de diciembre encuentran en el bosque de la gran casona el cuerpo de Azucena, la nuera de la duquesa, casada con Hugo, quien de inmediato pasa a ser el sospechoso número uno. Y más cuando la autopsia revela que la infortunada tenía tres meses de embarazo, y las pruebas de ADN indican que Hugo no es el padre. El reconocimiento del cadáver ha sido difícil: a un golpe en la cabeza, sin duda mortal, se le suma la desfiguración del rostro atribuida a una bestia escapada de un circo.

  Martina jamás conduce la investigación, sólo merodea en el escenario del crimen, en silencio, y es observada por el narrador, Horacio. Cuando todos se han convencido de que el asesino es Hugo, el esposo de la víctima, la mujer policía asiente, pero duda. La tesis del crimen pasional producto de los celos se ve demasiado simple como para aceptarla.

  Con el revuelo que causa en la prensa que un vástago de los Grandes de España haya asesinado a su esposa, el poder de la familia Láncaster trastabilla. En otros tiempos, piensa la duquesa, el puro olor del apellido los habría salvado del escarnio público. Covadonga Narváez recuerda que en su ceremonia de matrimonio “contó con la presencia del general Franco y de su esposa, Carmen Polo, amiga personal de la novia”.

  Algo de sus privilegios conserva Hugo Láncaster en la cárcel, gracias a que de su bolsillo sale un sueldo extra para cada uno de los gendarmes, hasta los demás reclusos se comportan como si fuesen sus peones. Así que su régimen de visitas es holgado y todavía puede beber un whisky de doce años antes de retirarse a su celda. Al poco tiempo, sin embargo, es liberado. Los jueces revierten su situación producto de un nuevo estudio de las pruebas: Hugo es inocente.

  El dictamen desconcierta al cuerpo de policías que estuvo investigando el asesinato, pero no a Martina de Santo, la única persona habilitada para volver al punto cero y desentrañar una madeja de crímenes, traiciones y ansias de poder.

  El estilo de Juan Bolea es ameno, de capítulos tan breves como dos páginas, en los que va dosificando la información para que el lector siga los pasos de Martina de Santo y en algún momento, ojalá antes de la página final, pueda decir: el asesino es…


Orígenes del hundimiento de España

En “El asedio”, Arturo Pérez-Reverte utiliza su artillería narrativa para configurar un relato de largo aliento centrado en el sitio de Cádiz, la más liberal de las ciudades ibéricas, justo cuando el otrora gran imperio comenzaba a desmoronarse por el mundo. Novela absorbente y formidable en su estructura.

 

Es un sitio curioso, porque los sitiados parecen más relajados y felices que los sitiadores. Estamos en 1811, los franceses han secuestrado al rey de España y gobiernan en casi toda la península, salvo por Cádiz, una ciudad ubicada en una isla conectada por un estrecho terraplén con el continente y que es imposible de invadir por tierra. Así que los gabachos se conforman con bombardear desde lejos, “las bombas caen un día sí y el otro también”, pero la mayoría de ellas no estalla y funcionan apenas como peñascazos primitivos que se cuelan por los techos, destrozan muebles, y a veces matan a un desprevenido.

  El capitán de artillería Simón Desfosseux se esfuerza en optimizar la técnica de sus obuses para que puedan alcanzar Cádiz y reventar allí, pero no lo logra. Y menos porque sus superiores ignoran el consejo de optar por los tiros de mortero, que son más fiables. Así que ve la guerra como perdida, sólo algunos proyectiles traspasan el cerco de la ciudad, y por la gracia del viento o de un amanecer diáfano.

  Mientras, en la ciudad rodeada – cuya población se ha doblado gracias al próspero comercio de barcos hacia el exterior – al policía Rogelio Tizón lo atormenta una preocupación extra: un asesino en serie que mata a latigazos a niñas adolescentes. Los cuerpos son encontrados justo en los lugares en que antes ha caído una de las bombas fallidas de los franceses, debe haber una conexión, pero cuál. Es como si el asesino “estuviese compensando el error de la ciencia”: allí donde no hubo víctimas, él aporta con una vida.

  “El asedio” (editorial Alfaguara) es sin duda la novela más ambiciosa de Arturo Pérez-Reverte, tanto por el florido espectro de personajes como por el contexto histórico en el que nada puede quedar librado al azar. El sitio de la ciudad resulta extravagante, casi como un sainete en donde ni los muchos fusilados por sospecha de traición parecen dramatizar los hechos. La gente mantiene sus costumbres e incluso todos gozan de una bonanza económica y libertades políticas que antes no tuvieron en la monarquía, los cafés se mantienen abiertos, también las cantinas y prostíbulos, en donde los parroquianos pueden leer periódicos, beber vino y jugar a los naipes. Salvo que de repente los interrumpe un cañonazo. Ni siquiera las condiciones adversas pueden borrar la diferencia de clases en una España que ya iba perdiendo cada una de sus colonias en América: “en el recinto urbano de Cádiz, los civiles se organizan para la guerra según su posición social: unidos en el patriotismo, pero según y cómo”. Así también se salvan de engrosar las filas de la verdadera milicia, en donde la posibilidad de terminar con las tripas en el suelo es mucho mayor.

  Novela policial o novela histórica, “El asedio” se digiere con facilidad y agrado, pese a sus 725 páginas de extensión. Pérez-Reverte ensaya a un narrador más contenido, libre de sus barrabasadas e improperios creativos que le conocemos en la saga del “Capitán Alatriste”, y en los que maldice a “España, esa puta vieja”. Aunque Rogelio Tizón tiene algo de aquel otro héroe: el pesimismo, la irreverencia frente a la autoridad y el hígado bravo para seguir la pista del asesino de muchachas. A tal grado que no titubea en establecer lazos con el enemigo a fin de conseguir su objetivo.

  Lolita Palma, a su vez, es una mujer ya casi solterona, ha sacrificado su vida personal en pos de la familia y de su empresa naviera. Sabe evaluar los peligros, cumplir los compromisos y anticiparse al futuro. Por eso, acepta entrar al negocio suculento de los corsarios, aquellos marinos que ejercían como piratas legales siempre que las naves saqueadas tuviesen la bandera enemiga. El problema es saber cuál es la bandera enemiga. Empujada por los azares, Lolita conocerá a un capitán reclutado para comandar su embarcación: Pepe Lobo. La tragedia comienza así para ella. Además, Lolita Palma posee en casa una sirviente, Mari Paz Mojarra, una doncella de 16 años.

  En “El asedio” todas las piezas calzan, y de uno u otro modo la docena de personajes se conecta con el asesino que deja cuerpos de niñas mutilados allí donde las bombas no cumplieron su misión. Tremenda novela.


Un libro de fútbol (que no habla de fútbol)

En “La patria transpirada”, Juan Sasturain utiliza la excusa de las citas mundiales, como la actual en Sudáfrica, para establecer un mapa de sus propios recuerdos y pasiones. El argentino no conoce felicidad más desgraciada que este deporte, dice, “pero sabemos que vale la pena, que vale la alegría”.

El hoy vilipendiado Mundial de Chile 1962 coincide con una fecha más triste, la muerte de Marilyn  Monroe. Y eso para un muchacho cinéfilo de 17 años, enamorado de la rubia a la distancia, fue una pena inconsolable. Se trataba de Juan Sasturain, un argentino enviciado con la pelota, para quien todo resultaba muy simple: “las mujeres y el fútbol eran dos modulaciones del deseo, caras de la inexperta pasión, los lugares donde me regalaba”.

  Pero había que olvidar a Marilyn, porque por primera vez el Mundial se jugaba acá, en el hemisferio sur, tan cerca de la patria de Sasturain que casi se podían escuchar los gritos de las tribunas. Chile es descrito como “el pasillo de al lado, un lugar tan incómodo donde parecía que la pelota podía irse a cada rato al agua”. ¿Y qué más se puede agregar? Argentina jugó en Rancagua, un poblado frío al sur de Santiago, en cuyo estadio nunca se llenaron las acomodaciones, ni siquiera con unos vecinos futbolizados, “perdemos ante poca gente con pulóver. Eso es todo”.

  “La patria transpirada” (Editorial Sudamericana) no habla de fútbol, no se fija en las jugadas míticas, en las alineaciones históricas, en los arbitrajes espantosos ni en los goles que significaron la gloria de los delanteros. Nada de eso, o más bien de todo eso y más. El autor, Juan Sasturain, utiliza las excusas de las fechas mundialeras para contar sus impresiones personales, sus observaciones y reflexiones ancladas en aquel tiempo: “cada Mundial es un mes de nuestra vida, eso que pasa mientras miramos ir y venir la pelotita”.

  Sasturain, era que no, resulta particularmente amargo y ácido en su memoria del Mundial de  Argentina 1978, aquel de la dictadura militar de la “Anguila” – el general Jorge Rafael Videla – y de los presos políticos y los muertos en las calles, cubiertos con el confeti de la celebración. Así lo describe: “el pálido culo técnico de un Menotti pura ceniza sin filtro; el cobarde culo mío; el tuyo, veterano lector retrospectivo frente a la pantalla de ATC coloreada de apuro por fotógrafos de plaza…”

  ¿Qué hubiese ocurrido si Argentina pierde esa final frente a Holanda? ¿Habría caído más rápido la dictadura, subida en el carro del jolgorio y la victoria? Sasturain se obsesiona con esa ucronía, revisa en detalle la carrera del holandés Rensenbrink contra el arco trasandino, y los centímetros que faltaron para meter la pelota dentro, para que no chocara en el palo. Pero no entró, no fue gol, no ganó Holanda, vino el alargue “y los esfínteres civiles y militares se distendieron, y comenzó otra historia y Argentina fue campeón”.

  Sin embargo, su país sufriría otros mundiales, como si estuviese predestinado a ello, porque ya en el siguiente – España 82 – la pasión del deporte habría de confundirse con sus muchachos muertos de hambre, frío y balas en Las Malvinas. Sasturain confiesa que por esa época trabajó en medios insulsos, y que escribió crónicas tan etéreas y alejadas de la realidad como “Los extraños mamíferos australianos”, mientras el país se adormecía con la consigna patriotera de “estamos ganando”. Y no ganaban nada, ni en la cancha ni en el campo de batalla.

  La mezcla erudita de referencias históricas, nombres y libros, y un lenguaje que a ratos es poesía en prosa, permiten que “La patria transpirada” sea una obra compleja y completa: nadie puede negar que cada cuatro años estamos determinados por el campeonato de fútbol, ni siquiera aquel que odia el jueguito del balón.

  En Italia 90 otra vez se chingó el sueño argentino, a pesar de la soberbia de Maradona y de las patillas impresentables de ese ladronzuelo que ejercía de presidente de la nación: Carlos Saúl. Argentina no era un equipo que ganaba: simplemente no perdía, entraba atajándose y jugaba a atajar: “pero nos ganaron, claro que sí. Los españoles nos derrotaron en Chile después de Chacabuco y antes de Maipú, pese a que pusimos todos los titulares, San Martín inclusive”.

  En su prólogo, el autor explica que estos textos no son nuevos del todo, y que varios formaron parte de otros libros editados al calor de los últimos mundiales. Uno de ellos, aparecido para Corea-Japón 2002, no tuvo suerte, dice Sasturain: “le fue – era previsible tras sólo tres semanas de Mundial – como a la selección de Bielsa”. Otra vez nos toca la fibra.


Es probable que seas un enemigo del pueblo

La nueva edición de “Todo fluye” constata el enorme valor literario de Vasili Grossman, un escritor ruso cuya obra debió sortear los embates de la censura y el tiempo para convertirse en un pilar de la memoria del siglo XX. Se requiere una gran fortaleza espiritual para adentrarse en su historia.

En la Unión Soviética, el Estado, al igual que el papito Stalin, padecía crisis cardíacas y albúmina en la orina. A pesar de aquello funcionaba bien, era capaz de liquidar a sus ovejas o liberarlas de la quimera de la conciencia. Y de pronto, un 5 de marzo de 1953, murió el sátrapa maldito sin que estuviera planificado, “sin la indicación correspondiente de los órganos directivos. Murió sin la orden personal del propio camarada Stalin”.

  En tal contexto, Nikolái Andreyevich, recién nombrado investigador titular de un célebre instituto científico, espera la llegada de su primo liberado luego de tres décadas de cautiverio, Iván Grigórievich. En Moscú todavía se respira la fetidez del cadáver insigne, pero al menos allí hay ciertas comodidades que en las cárceles de Siberia los reos ya han olvidado. Nikolái no puede quejarse tanto, es un privilegiado dentro del régimen, sólo por su buena conducta y por negar o asentir lo que el Estado le demandase. Había pasado toda su vida con miedo al hambre, a la tortura, a los campos de prisioneros en Siberia, “pero también había habido otra clase de miedo: el de recibir caviar rojo en lugar de caviar negro”.

  El único acto de valentía de Nikolái había sido nunca renegar de su primo en los treinta años en que deambuló por las cárceles políticas. Pero jamás tuvo la osadía mayor de escribirle una sola carta, una palabra de esperanza. Y cuando, por el contrario, recibió una carta de Iván, no se atrevió a contestar.

  El día en que su primo Iván al fin llegó a su casa, previamente desparasitado, Nikolái quiso confesarle, quiso decirle que “te envidio porque, en ese terrible campo, no tuviste que firmar cartas infames, votar a favor de la condena a muerte de seres inocentes, pronunciar discursos ruines…”. Pero se contuvo, el mal ya estaba hecho.

  “Todo fluye” (Editorial De Bolsillo) es la desgarradora novela con reminiscencias autobiográficas del ruso Vasili Grossman, en la que se describe la pesadilla permanente del Estado soviético y el modo en que el delirio de las autoridades permitía la condena de cualquier persona nada más que “por la posibilidad de convertirse en un enemigo del pueblo”. La paranoia estatal es exquisita a fin de fomentar el odio y crear nuevas categorías: “odiaban a la burguesía, a la nobleza, a los traidores de la clase obrera, a los campesinos desahogados, a los oportunistas, a los especialistas militares, al preciado arte burgués, a los profesores universitarios vendidos a la burguesía, a los petimetres con corbatas que trabajaban para una clientela privada, a las mujeres que ese empolvaban la nariz y se pavoneaban con sus medias de seda, a los poetas que escribían versitos depravados sobre la belleza de la naturaleza…”

  En los recuerdos de Iván, cualquier sujeto, por más encumbrado en la nomenclatura del partido, podía caer en desgracia: “a veces ocurría que en las literas de la prisión dormían, uno al lado del otro, el secretario del Comité de distrito, desenmascarado como enemigo del pueblo, y el nuevo secretario del Comité de distrito que lo había desenmascarado, revelándose él mismo poco tiempo después como un enemigo del pueblo”.

  Así, no nos extrañe que los héroes de la revolución, los más combativos de los primeros días, hayan terminado con sus huesos congelados en los barracones tras Los Urales. Peor para las mujeres, y más cuando caían por no haber denunciado una supuesta traición de sus maridos. Algún “delator voluntarioso” habrá cumplido su tarea, a veces por una mala cara en el pasillo o por una cuestión de celos.

  No obstante, había una categoría más siniestra: el recluso sin derecho a correspondencia, eufemismo que ocultaba la muerte inmediata del prisionero y su desaparición, sin que sus familiares pudiesen saberlo.

  “Todo fluye” escapa de su ámbito literario y se acerca más al testimonio, a una especie de reserva de la memoria: una historia no de miedo, sino DEL miedo. Iván, el viejo ex prisionero, no se siente cómodo entre los moscovitas que han aprendido a sobrevivir bajando la cerviz, delatando a sus vecinos, y regresa al campo. Allí, pese a las privaciones, cree poder encontrar lo más parecido a esa sensación que perdió tantos años antes: la libertad.


Se dice ejecutor de sentencias

En “Media vuelta de vida”, asistimos a las enseñanzas que un muchacho desorientado puede recibir de un hombre que había sido verdugo de la justicia española. Carlos Peramo logra una novela soberbia, tan extensa como contundente, y con personajes que, a pesar de las contradicciones, despiertan las simpatías del lector.

Los amigos de Ángel Daldo tuvieron mejor suerte y fueron a la universidad o a un instituto, aunque todavía se reúnen para beber cerveza y hablar de mujeres. Daldo trabaja con su padre en una cantera, El Ladrillar, ambos son choferes de vehículos pesados, y ambos temen que la situación económica acabe con su fuente de empleo, lo que ocurrirá tarde o temprano. Ángel también disfruta de la camaradería con los compañeros de su padre desde la época de niño en que jugaba en las inmediaciones de la cantera.

  El joven ha conseguido novia, Belén, una chica del instituto que lo tiene loco porque todavía se niega a intimar, o le pide antes unas curiosas pruebas de amor. El muchacho, de 22 años, comprende que su vida se halla vacía, y que su futuro no es auspicioso para nada, pero se resiste a enmendar rumbos, lo atrapa la inercia del fracaso. Hasta que conoce a Tanco Linares.

  En “Media vuelta de vida” (Editorial Bruguera), Carlos Peramo se sumerge en la España de los ochenta, la que venía saliendo de una dictadura casi infinita y de una abismal precariedad social. Más al fondo, todavía resuena la pesadilla de la guerra civil que dividió al país en vencedores y vencidos.

  Tanco Linares es un hombre mayor, y como encargado del mantenimiento de la cantera se le ha permitido vivir ahí, en una casa que nadie conoce y de la que pocas veces suele salir. Es un tipo taciturno, cariñoso con los perros vagos que recoge y les da asilo, pero parco con los demás trabajadores. Tampoco es instruido, se le nota en el habla casi de retardado: “el anís sólo pa mascar las penas o rebuscarse el coraje, na ma pa eso… pa tundas mejor el coñá, ¿no me comprende?”.

  Daldo es la primera persona autorizada a entrar a su casa, luego de que Linares le solicitarae ayuda para unos arreglos de las vigas del techo. En esas faenas, Daldo se siente amenazado por aquel hombre de modales rudos, brazos fuertes y dicción escasa, que se dedica a mirarlo desde una silla mientras bebe coñac sin pausa.

  Lentamente, y con la ayuda del alcohol, el viejo comenzará a relatarle sus secretos al muchacho y las razones de su ostracismo. Tal como su padre, Tanco Linares había sido verdugo, aunque nunca pronuncia esa palabra como si se viese ofendido: “se dice ejecutor de sentencias”. En España la pena capital se había derogado recién en 1978, y hasta ese momento los condenados se sometían a un aparato tan sencillo como siniestro llamado el garrote vil. Se sentaba al infortunado, se le apretaba el pescuezo con una argolla y, por atrás, al girar un tornillo de metal su punta provocaba la dislocación del cuello hasta la muerte.

  Tanco Linares era uno de esos ejecutores de sentencias, oficio delicado y demandado que había aprendido de su padre. Y ahí, en su casa del ladrillar, junto a otros recuerdos de su vida pasada, tenía su garrote vil, todavía engrasado y listo para volver a funcionar: “no es una máquina ni un mecanismo inerte de madera y de hierro, parece que es una especie de ser, que tiene no sé qué sombría iniciativa, se diría que aquel aparato, aquella madera, aquellos resortes, tienen voluntad”.

  Pese a la repulsión inicial, pese a que lo ha visto sacrificar a los cachorros recién nacidos de su perra Rafaela, Ángel se siente atraído por Linares, como si él también pudiese formar parte de la más oscura de las aristas humanas. Por eso lo escucha, y llega a entenderlo, incluso lo defiende de los demás empleados de la cantera, que ven en el viejo Tancredo Linares a un loco antisocial que quizás qué crimen oculta.

  Carlos Peramo es un narrador desbocado, cumple a cabalidad la norma de que no debe permitir que el lector se distraiga, y por eso las más de 500 páginas de “Media vuelta de vida” no pesan. Por eso, además, el personaje de Linares resulta comprensible como la punta de una madeja siniestra de la sociedad deshumanizada.

  Linares “no es de los que se echan para atrás”, descubre Ángel Daldo, en ninguna situación. Y tal vez esa persistencia es la que él necesita para superar la derrota, dejar de ser un obrero sin norte y probarse como estudiante universitario. Aunque nadie lo apoye y le tenga fe, salvo aquel viejo cuya única habilidad en la vida es dar vuelta y media a un torniquete para ejecutar criminales.

 

 

 

 

 

 

 

Sólo existe la buena y la mala literatura. Para mí la literatura comprometida es lo mismo que equitación protestante.

Jorge Luis Borges.

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Vivo en el sur de CHILE. Soy periodista, tengo además un magíster en Literaturas Hispánicas. También soy ilustrador autodidacto.

En este sitio reúno todo lo que suelo escribir en la semana, y otras payasas y proyectos venideros.