Noticia:
¡EN ABRIL APARECE
MI NUEVO LIBRO!
Se trata de "La gran breve guía de los animales salvajes", ilustrado por mí. Es un libro para niños de 8 a 10 años, que me publicará EDICIONES B. Es un cambio brusco en mi producción literaria, y si me va bien prometo dedicarme por entero a este género. Aquí te dejo un dibujo de muestra*.

*Ah, he decidido vender las 38 ilustraciones originales, son tamaño carta en papel monopol de 200 gramos. Cuando se publique el libro les avisaré de la modalidad de remate.
¿Participarías en un taller de lectura y escritura dictado por mí?
Estoy reclutando gente para el próximo año, creo que a partir de marzo. No más de diez personas MUY interesadas en los libros y la escritura.
Ya me han respondido varios interesados. Es probable que deba aplicar una selección de participantes.
Hasta hoy domingo 7 de febrero las respuestas de gente interesada me siguen llegando.
Escribe a mi mail: titolandia@yahoo.com
Dentro de la cabeza de Isidoro Loi
En “El cuerpo y sus miembros”, el escritor chileno recopila abundante material acerca de la anatomía humana, con sus cualidades y desgracias, siempre cargado de humor e irreverencia. Luego de tantas anécdotas y aforismos, ya no volveremos a mirarnos las uñas, las arrugas y el ombligo como antes.

La columna vertebral está formada por vértebras separadas por unos discos que son flexibles para amortiguar los golpes. Luego de un día de esfuerzos comunes, la elasticidad de esos discos se reduce, por lo que las vértebras se aproximan un poco más entre ellas: “así, la columna vertebral se acorta y, por consiguiente, es posible medir un poco menos en la noche que al levantarnos en la mañana”.
El gran cineasta norteamericano Billy Wilder se quejaba de que “no puedo abrir botellas de vino. Cuarenta y cinco años de masturbación y todavía no tengo un músculo en mi mano”.
La comediante Joan Rivers, a su vez, se queja de que “no tengo busto. Puedo planchar mi blusa con ella puesta”.
Y así, datos y frases hasta el infinito. Isidoro Loi se ha especializado en la recolección de comentarios, referencias y curiosidades que – bajo su capacidad de compilación – se transforman en libros tanto didácticos como divertidos a rabiar. Ahora, en “El cuerpo y sus miembros” (Editorial Grijalbo), el autor centra sus esfuerzos de avezado bibliotecario en la anatomía humana, en su piel, sus huesos, sus órganos internos y – por supuesto – sus partes pudendas. Estas últimas, por el carácter siempre secreto y prohibido, son las que arrojan un mayor número de frases hilarantes: “Dios nos dio un pene y un cerebro, pero sólo nos dio suficiente sangre como para que funcione uno a la vez”, sostiene el actor Robin Williams.
En cada uno de los capítulos, Isidoro Loi matiza sus propias intervenciones eruditas con las genialidades o torpezas que va acumulando la historia. Del cerebro, por ejemplo, aparte de recordarnos que es la estructura de materia más compleja que se conoce, vamos enseguida a una sentencia del actor George Jessel: “el cerebro humano, en realidad, es maravilloso. Empieza a funcionar desde el momento en que nacemos y no deja de hacerlo sino hasta el momento en que nos ponemos de pie para hablar en público”.
En ese envoltorio fecundo de hilaridad caben pequeños relatos de la historia que, imbuidos de modernidad, solemos pasar por alto. En el capítulo de los dientes y dentaduras postizas podemos rememorar que el aseo bucal es una costumbre relativamente reciente, y que en el siglo XIX era común que las personas jóvenes perdieran todas sus piezas dentales. Las personas adineradas podían adquirir dientes postizos tallados en hueso o en marfil: aunque no servían tanto para mascar, sí ayudaban a mejorar la complexión del rostro.
Otra modalidad de postizos era la adaptación de molares de cadáveres: había siniestros hombres que saqueaban las tumbas de los cementerios para clientes que pagaban bien. Además, los campos de batalla servían como inmensas canteras para la recolección de piezas: “en la batalla de Waterloo, en 1815, los ladrones cosecharon tantos dientes que de ahí en adelante los de segunda mano comenzaron a llamarse Dientes de Waterloo”.
Perfecto, aquí cabe la cita magistral del filósofo Voltaire: “Pierdo los dientes, muero a entregas”.
¿Sabía usted que la “odontiatophia” es el miedo a los dentistas? Anótenme en esa lista.
Leyendo entrelíneas la recopilación enciclopédica de Isidoro Loi concluimos que el cuerpo humano es una piltrafa que debemos soportar para vivir una cantidad de años que siempre será exigua. Y que nuestro cuerpo se halla en permanente rebeldía para morirse cuando se le dé la gana, o para apestar como queso de cabra rancio cuando no lo atendemos. La reina Isabel I la Católica se excedió en el abandono corporal: se bañó sólo en dos ocasiones, al nacer y el día anterior a su casamiento.
Otro monarca apestoso reconocido fue Enrique IV, rey de Francia. Se bañó sólo una vez en la vida, y “de su cuerpo emanaba tal hedor, que al momento de desnudarse en la noche de bodas, su esposa María de Médicis se desvaneció”. Es una de las razones por la que Francia es la patria de los perfumes, así intentaban encubrir su pestilencia diaria.
A medio camino entre la literatura y el chiste contado entre amigos, en “El cuerpo y sus miembros” Isidoro Loi permite que podamos reírnos de nuestras menudencias, mientras las tengamos a mano.
Escapar sano y salvo es una traición
En “Rosa de Japón” asistimos al relato de la única mujer que recibió entrenamiento de piloto kamikaze y que voló en formación para estrellarse contra las embarcaciones norteamericanas en el Océano Pacífico. Para su desgracia, y pese a deseo, sobrevivió.

La Segunda Guerra Mundial llegó a su fin con las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, considerados los momentos más salvajes e inhumanos del siglo XX, qué duda cabe. No obstante, la hecatombe nuclear opaca la ferocidad con que los norteamericanos atacaron Tokio con bombas convencionales incendiarias desde enero de 1945. La ciudad fue consumida por las llamas y se estima que allí hubo más muertos que los provocados por las bombas atómicas.
En esos últimos meses, y desesperados ante la derrota inminente, los japoneses comenzaron a adiestrar pilotos suicidas a fin de que se estrellasen con sus aviones en los barcos americanos, ya muy cerca de su territorio. Eran los kamikazes, el “viento divino” que podría revertir la situación. Pero no ocurrió. Hubo cientos de muchachos que se presentaron voluntariamente para el sacrificio, tanto campesinos humildes como jóvenes universitarios, embebidos de espíritu patriótico. La restricción para ser kamikaze era una y simple: sólo se admitían hombres.
Por eso, Sayuri Miyamoto debe esconder su condición de mujer para ingresar a la escuela de pilotos suicidas. Por fortuna para ella, no es muy curvilínea, y con la identidad de su hermano muerto en combate es aceptada bajo las estrictas medidas disciplinarias de los militares. En “Rosa de Japón” (Ediciones B), la escritora Rei Kimura explora el profundo padecimiento del pueblo japonés desde el minuto temprano en que comenzaron a perder la guerra, y también las estrictas normas sociales que la protagonista desea quebrar: “Las mujeres también tenemos derecho a sentir rabia y a que se nos dé la opción de sacrificarnos”.
Sayuri tenía la certeza de que sería de inmediato fusilada si era sorprendida, de otra forma no se podría pagar la humillación y el engaño al ejército de su país.
En el campo de entrenamiento los pilotos obtienen instrucciones rudimentarias de vuelo y apenas unos minutos de práctica en avión junto a un instructor. La mayoría no sabrá aterrizar, porque no será necesario: “lo primero que tienes que aprender si realmente quieres ser piloto kamikaze es que debes vaciar tu mente de todo aquello que no sea el deseo irrefrenable de matar al enemigo, y a ti mismo, por el bien de la nación”.
La joven Sayuri no tiene dudas de su voluntad, sólo espera con ansias el día de su misión final. Pero es descubierta por su instructor, Takushi, quien no la denuncia a sus superiores. Es más, entre ambos surge un amor secreto y apasionado. ¿Cómo poder amar, cuando la muerte ya se avecina? Sayuri por primera vez reflexiona sobre su decisión: qué bello sería escapar de esa situación sin salida, y tener una vida larga y plena como cualquier otro ciudadano. Mientras, al fondo, Tokio arde hasta sus piedras.
Para peor, se escuchan los reportes por la radio de que las misiones de kamikaze consumen las vidas de la juventud en un sacrificio en vano, para nada. Sólo una ínfima proporción de estos aviadores alcanza a dar de lleno en un blanco de la flota americana. Los demás se pierden bajo las cortinas de metralla antiaérea en el mar. Y los que de por casualidad logran sobrevivir reciben el escarnio y la condena de los uniformados que los entrenaron: volver a casa es un error, escapar sano y salvo es una traición.
Sayuri y Takushi, con un dolor tremendo, optan por el deber a su país antes que el deseo de una vida larga juntos. Antes, y resguardados de las miradas de la multitud que presenciaba el despegue de los kamikazes, disfrutaron de un último momento de intimidad: “él le dio un tierno beso de despedida mientras ella dejaba que las lágrimas le resbalaran por las mejillas sin avergonzarse en absoluto”.
Muchos años después, la historiadora Mayumi Onodera ubica a una anciana cuya vida ha sido un largo tormento luego de haber perdido a su amado en la guerra. Es Sayuri, que ha utilizado otro nombre para ocultarse durante ese tiempo, y que ahora al fin podrá contar su verdad para liberarse del recuerdo. Así comienza el relato.
“Rosa de Japón” es una novela liviana, de fácil lectura y sin grandes pretensiones. Lectura de verano sin culpa.
Cuídate de los idus de marzo
En su nueva novela histórica, Valerio Massimo Manfredi escudriña los secretos de los últimos días de Julio César. Para ello se vale de algunos personajes imaginarios que interactúan de manera creíble con las figuras históricas. Es la república romana la que se cae a pedazos a fin de abrir espacio a los buenos tiempos del imperio.

Esa mañana el sumo pontífice, el dictador perpetuo Cayo Julo César, se había levantado sintiéndose mal. Además, en la tormenta de la noche anterior un rayo había destrozado su estatua en el patio de la casa. Su esposa Calpurnia, llena de temores, le ruega al marido que se quede en cama y que no asista a una sesión del senado que él mismo había convocado. César acepta, pero en segunda instancia decide concurrir al menos a saludar.
Antes, César había recibido otro vaticinio claro: el augur etrusco Espurina le había dicho la frase célebre: “cuídate de los idus de marzo”. Y hoy era esa fecha, 15 de marzo.
En “Los idus de marzo” (Editorial Grijalbo), el escritor Valerio Massimo Manfredi centra su relato en los ocho días previos al asesinato de Julio César: cómo una inmensa red de conjuras desemboca con el dictador apuñalado en el suelo del senado. En su camino al puesto máximo de Roma, el César se había hecho de una extensa lista de enemigos producto de las guerras civiles que siguieron a su temerario cruce del río Rubicon. En su paso habían caído amigos, parientes políticos – como su ex yerno Pompeyo – y altos oficiales del ejército que había servido lealmente a su lado.
Y no se lo perdonaban: “el conquistador de las Galias había tomado como pretexto unos acontecimientos totalmente marginales para invadir el territorio metropolitano de la República a la cabeza de un ejército, llevando a cabo un acto que violaba toda ley”.
Sin embargo, el peor error de César fue la magnanimidad con que perdonó vidas de sus adversarios, los que enseguida – y con el odio parido – comenzaron a confabular en su contra, como Casio o Marco Junio Bruto, quien probablemente era su hijo. Detrás de la intriga, ese viejo zorro de Marco Tulio Cicerón, moviéndose en la ambigüedad de ambos bandos.
Manfredi presenta a César con un cargo de conciencia por las muertes que han provocado las luchas fratricidas, “si en vez de entre sí hubieran combatido juntos contra enemigos exteriores, el dominio del pueblo romano se extendería hasta la India y el océano oriental”. Y aun cuando es director supremo, con poder total, César no desea ser considerado rey porque sería una traición a la república.
Desde lejos en las montañas cisalpinas se escucha la noticia del complot, y un viejo centurión leal al César, Publio Sextio – que lo ha acompañado en todas sus campañas y que incluso es mencionado en “Comentarios sobre la guerra de las Galias” – corre día y noche de manera desesperada para advertir a Roma: “el águila está en peligro”, un mensaje que llega tarde, cuando el águila ya ha muerto.
¿Es lícito asesinar a un tirano por el bien de la libertad individual? El autor deja abierta la respuesta y expone los hechos aparentes. Julio César en su momento representaba el fin de una larga serie de guerras civiles y la ansiada estabilidad de Roma, además con su espada había expandido el territorio imperial de manera inimaginable. No obstante, muchos ciudadanos pagaban el precio de tales beneficios.
Así que ese día 15 de marzo del año 44 AC, los cesaricidas llegaron puntuales y nerviosos con sus dagas bajos las túnicas. Ahí estaban Marco Junio Bruto, Publio Servilio Casca, Poncio Aquila, Rubrio Ruga, Gayo Casca, Tilio Cimbro, Gayo Trebonio… los nombres de todos los conspiradores fueron consignados en la historia. Se sabe que ninguno de ellos sobrevivió más de tres años al César, y ninguno de ellos murió de muerte natural.
Publio Sextio, su fiel centurión y portador de la advertencia, sólo pudo alcanzar a ver a su líder cuando llevaban su cuerpo cubierto de lino ensangrentado entre cuatro soldados. En ese instante, el brazo del César resbaló fuera de la camilla balanceándose a cada paso, “el brazo que había domado a los celtas y a los germanos, a los hispanos, a los pónticos, a los africanos y a los egipcios, colgaba en el aire, apéndice inerte de un cuerpo sin vida”.
Valerio Manfredi aplica sus virtudes en el ejercicio de la novela histórica para armar un relato muy breve, rayano en la crónica, y centrado en el personaje que – de una u otra manera – determinó el futuro de Roma y de la cultura occidental. Luego de César vendrían los césares para gobernar el mundo por más de 440 años. Se lo debemos.
Ese adictivo error de
ENAMORARSE
En “El museo de la inocencia”, el premio Nobel Orhan Pamuk transita por los viejos caminos de las historias de amor y las bellas amantes que, como un tormento, permanecen en la memoria de manera dolorosa. Y como cuadro de fondo, un trozo del desarrollo social reciente de su país, Turquía.

Kemal Bey no puede quejarse: pertenece a una clase acomodada del Estambul de los años setenta, estudió en Paris y en Estados Unidos, está a cargo de la empresa familiar y pronto se va a casar con Sibel, la muchacha perfecta. Todo bien, salvo por un detalle: Kemal se ha enamorado hasta la médula de una prima lejana, Füsum, pocas semanas antes del intercambio de argollas con su novia.
Los parientes y amigos de los novios han comenzado a occidentalizarse en la capital turca, “en realidad formaban un círculo bastante pequeño en el que todos se conocían y se sabían la vida y milagros de los demás”. Son los primeros en adquirir televisores, cafeteras, abrelatas y demás artilugios de la cocina, y se han acostumbrado a cenar en restaurantes finos, como en Paris, aunque a veces prefieran una simple hamburguesa, como los gringos.
En “El museo de la inocencia” (Editorial Mondadori), cobra relevancia el trasfondo en que ocurre la historia de Kemal y Füsum, porque es un compendio de la historia reciente de Turquía. Orhan Pamuk, el autor, le cede la voz del relato a Kemal y se remite a aparecer un par de veces en la novela, con su nombre, hasta que al final comprendemos cuál había sido su propósito.
Füsum tiene sólo 18 años y trabaja como dependienta en una tienda de carteras de marca. Se habían visto con su primo Kemal en la primera infancia, pero luego los separó la posición económica de cada familia. Ahora, mientras comparten el lecho de un pequeño departamento cada tarde, Kemal sigue con sus planes de boda aun sabiendo que no podría abandonar a Fusüm, ni mucho menos olvidarla. Kemal cree ser capaz de retener tanto a su esposa Sibel como a su amante Fusüm, y no ve algo extraño o inmoral en ese proyecto.
Por supuesto que no es así. Fusüm ya sabía del plan matrimonial, pero abandona a Kemal porque le descubre una mentira más pequeña, absurda. Y desaparece. Desde ese minuto, Kemal camina como un muerto en vida, la obsesión por su amada prima es tan grande que también pierde a su novia y se cancela su casorio. Rastrea a Fusüm por las calles de Estambul sin éxito, y es así como va configurando la idea de un museo que honre la memoria de la chica y el amor que siente por ella: “expongo aquí este pañuelo de algodón con florecitas que ese día no llegó a salir de su bolso”.
Vuelve a encontrarse con Fusüm un año después, ella se ha casado con un sujeto insignificante que pretende ser director de cine, ha sido su acto de venganza. Kemal visita su casa con la intención de que fuese la despedida final, pero falla: con sólo verla de nuevo se le desarma la fortaleza y reconoce que jamás dejará de amarla. Está dispuesto a lo que sea con tal de mantenerse algo cerca de su prima, incluso a perder la propia dignidad y el respeto de sus cercanos: “me sentía tan solo como un perro enviado al espacio porque había perdido a mi amada”.
Así transcurren los años, muchos años. Fusüm se convierte en la Beatriz de Dante, la gran amada de la literatura universal. Mientras, más atrás, Kemal no puede aceptar su derrota, y la persigue sin rendirse, hasta que la encuentra. Pero será un espejismo que culmina en tragedia. A su vez, continúa coleccionando los objetos que conformarán su museo de la memoria.
Por lo demás, reflexiona Kemal, una novela puede ser también un museo que preserve los recuerdos y las historias. O dicho de otro modo: la novela puede ser el catálogo del museo, “un catálogo que contara detalladamente la historia de cada una de las piezas que contenía”. Es entonces cuando decide contactar a su amigo escritor, Orhan Pamuk.
“El museo de la inocencia” es una vibrante novela de amor que transita por los derroteros clásicos de su género: toda historia de amor termina mal. Y si no termina mal, significa que no había amor. No obstante, son esas mismas crueles razones las que nos impulsan a seguir leyendo novelas de amor y seguir creyendo porfiadamente en el amor. Y, como Dante, seguir buscando a Beatriz.
COROLARIO
Modificación de mi ranking de las mejores novelas de amor de la literatura universal.
1. TRAVESURAS DE LA NIÑA MALA, de Mario Margas Llosa.
2. EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA, de Gabriel García Márquez.
3. EL MUSEO DE LA INOCENCIA, de Orhan Pamuk.
4. LOS PUENTES DE MADISON, de Robert James Waller.
Quien no escribe no deja HUELLA
En “Correr el tupido velo”, Pilar Donoso cruza la frontera de diversos géneros literarios para erigir una sentida historia de su padre, el chileno José Donoso, un personaje lleno de contradicciones entre su deseo de privacidad y su anhelo de exhibicionismo.

Toda biografía, por más objetiva que pretenda ser, por más corta o larga que resulte, es literatura. Es decir, no hay biografías perfectas, como tampoco hay un perfecto mapa de El Amazonas, sino sólo puntos más o menos coincidentes con la realidad. Si el autor de la biografía, además, se esmera en la pasión con que cuenta la historia y mantiene una cercanía sentimental con el sujeto de estudio, puede alcanzar la belleza y la estructura literaria propias de una novela. Es lo que ha conseguido Pilar Donoso al sumergirse en la vida de su padre, el escritor chileno José Donoso.
“Correr el tupido velo” (Editorial Alfaguara) es una obra íntima, personal, cuya mayor gracia es la capacidad de desligarse por completo del personaje que la ha generado para transformarse, desde las primeras líneas, en un libro que puede leerse de manera independiente. Como una novela.
Uno de los conspicuos miembros del boom latinoamericano de los años sesenta, aunque sentado en la segunda fila, José Donoso es presentado como un cúmulo de contradicciones entre su afán de mantener la privacidad y el secreto, y su carácter de exhibicionista expuesto en los miles de folios que escribió hasta el final de sus días: “el temor a la muerte está clavado en el medio de mi personalidad… Temo por mi vida. No tengo fe, creo que no creo en nada”.
José y su esposa María del Pilar no pudieron tener hijos, así que durante una estadía en Madrid en 1967 deciden adoptar a una niña, Pilar, la que más tarde se convertiría en su biógrafa como si fuese su destino desde el principio del tiempo: “pues si bien no era su hija biológica, él me regaló en vida, y ahora a través de sus cuadernos, la voluntad de aprender a mirarme y de sacar las capas que cubren mi propia alma”.
En un momento de apreturas económicas, que los tuvo muchos, Donoso le vendió a la Universidad de Iowa todos sus apuntes, diarios, notas de viaje. Esos documentos serían después consultados por Pilar con asombro, con cariño y también con algo de dolor. El escritor se mostraba ahí tal cual era, algo neurótico y delirante: hablaba de sus fracasos y miedos, de sus múltiples enfermedades que lo llevaron varias veces a hospitales de Europa y Estados Unidos, y del peso que le significaba una esposa alcohólica que no paraba de beber: “es increíble lo fea que se ha puesto”.
En el estudio de estos apuntes, Pilar descubre máscaras de su padre, “más de las que yo supuse que tenía”. Incluso algunas alusiones poco delicadas a su hijita querida, pese a que ella, cuando fue mayor de edad, se había preocupado con tesón de las tareas más difíciles en casa de sus padres. Tanto, que el propio José una vez le dijo: “tú has sido más madre mía que yo padre tuyo”.
Mientras escribía las novelas que lo consagrarían, José Donoso deambularía por varios países europeos, posponiendo eternamente su regreso a Chile. En el extranjero entabló amistad con los grandes de América Latina – Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa, García Márquez –, lo que coincidía con el esplendor de la narrativa del continente con sus famas y premios derivados. Sin embargo, “intuyó que en el fondo nunca fue parte importante del movimiento, al igual que en otros momentos de su vida sintió su incapacidad de ser parte de un grupo o de un partido político”.
Las amistades de Donoso iban mucho más allá de las figuras del boom, se codeó con artistas, cineastas y filántropos de primer orden. Así también tuvo poderosos mecenas que confiaron en su talento y lo protegieron de las miserias cotidianas para que se dedicara a la escritura. Y cumplió las expectativas, “mi padre murió escribiendo, aun en un último esfuerzo. Fue un ESCRITOR su vida entera, fue su profesión y su pasión”, señala Pilar.
José Donoso se obsesionaba por saber cuánto tiempo trascendería su obra realmente, si las generaciones futuras lo recordarían como el escritor que fue. “Quien no escribe no deja huella”, anotó en uno de sus cuadernos para inmediatamente agregar “escribir es sufrir”.
Por cierto, dejó una huella profunda, y tras ella su hija también comienza a trazar sus propias huellas por medio de “Correr el tupido velo”, un texto emotivo que, además, invita a revisar las fuentes originales: la narrativa de José Donoso.
Para no leer en verano
¿Cuánto hay de cierto en el mito de que la chilenidad de vacaciones dedica una pequeña parte del ocio estacional a la lectura de uno o dos libros? Poco. Suele ser más bien una envalentonada momentánea: comprar un traje de baño nuevo y un libro para llevar al mar o al campo. Lo más probable es que dicho libro regrese intacto a casa.

Una de las más divertidas tiras de la Mafalda transcurre cuando la familia se va a la playa de vacaciones. El padre ha llevado un libro para leer, al parecer una novela policíaca. El problema es que no se puede concentrar con tanta niña bonita en ínfimos bikinis, recordemos que la historieta se ambienta en la Argentina de los años sesenta. El padre se oculta tras la novela para observar a las damas: mira y simula que lee, pero no avanza más de dos líneas. Luego, cuando al fin la playa se despeja de tanto cuero pilucho de señorita, el papá de la Mafalda recupera la lectura y, como ha estado pegado en el mismo párrafo desde hace rato, cree que trajo una novela que ya ha leído.
Más o menos así es el mito de las lecturas de verano. Por estas fechas la prensa se solaza con el tema – por lo general se le asigna como relleno a un estudiante en práctica – y vemos o leemos reportajes acerca de lo que supuestamente el chileno medio se llevará a la playa, al extranjero o al campo de la familia en Frutillar. Es posible que haya una buena intención de lectura de vacaciones, pero, como lo demuestran las estadísticas, enseguida esos libros quedan abandonados en pos de los mojitos, los asados al palo, las niñas en bikini antes mentadas o el relajo general del estío: para qué diablos voy a estar perdiendo el tiempo con la lectura.
El buen hábito de la lectura nada tiene que ver con el tiempo de distensión o los libros disponibles. Las personas que leen todo el año de manera regular – no importa si mucho o poco – son las únicas que seguirán leyendo en el verano. Los otros, los que de marzo a diciembre no agarran un libro ni por la posibilidad de que debajo se encuentre un billete de veinte lucas, preferirán meter las patitas en el agua como máximo desafío intelectual.
En esta bella economía de mercado tercermundista, el libro es cada vez más una lesera suntuaria, prescindible, algo así como un chicle de menta o un parche para curar los callos. Pero no me quejo, porque sería fantasioso pensar de otra manera. El consuelo es que, contra todos los maremotos de analfabetos, siempre habrá lectores. Pocos, pero habrá. A ellos hemos dedicado esta página por casi doce años, cómo pasa el tiempo, qué horror.
Es fácil configurar un listado de lectura de verano, sería cosa de repetir los títulos de los 52 libros que aquí hemos comentado durante 2009. Salvo que la recomendación de lecturas ya parece una labor de profeta inútil, como la bocina de un avión o el cenicero de una moto. Prefiero confiar en la selección natural del buen lector, ese que suele devorar novelas, sudar los cuentos que lee y asfixiarse con un poema de Borges, Neruda o Vallejo.
De todos modos, y como una clásica contradicción a lo anteriormente afirmado, aquí les dejo a los imprudentes lectores de verano cuatro precisas recomendaciones que pueden ayudarle a definir qué libro se llevarán de paseo. A veces sólo de paseo.
1. TEOREMA DE BIOY CASARES: La literatura es infinita. Olvídese de que podrá leerlo todo alguna vez, y ni siquiera piense en un fragmento de un fragmento de todos los libros.
2. TEOREMA DE GARCÍA MÁRQUEZ: Lea libremente, picotee autores, países, épocas, tendencias, géneros. Luego, en un momento posterior, puede especializarse en algún tópico literario que le agrade más.
3. TEOREMA DE MATAMALA: En la literatura el prejuicio es válido. No se sienta culpable si usted decide jamás leer a un autor o una obra específica, y manténgase firme a las recriminaciones de los demás. No necesita más razón que la tincada personal para escoger sus lecturas.
4. TEOREMA DE MOORE: Si está leyendo un libro que no le satisface, no se sienta comprometido a terminarlo. Usted es libre de arrojarlo por la ventana y empezar otro. Recuerde que el primer teorema de este listado se conjuga con una verdad atronadora: la vida es breve.
El retrato inmobiliario nacional
Con agudeza y gracia, en “Vendo casa en el barrio alto” la escritora chilena Elizabeth Subercaseaux despliega un tratado de sociología contemporánea: los abolengos y apellidos largos versus las fortunas recientes y el arribismo de la rotada imparable.

Alberto Larraín Errázuriz, con todas erres a cuestas, es un corredor de propiedades de olfato exquisito: con sólo mirar a un cliente sabe a qué barrio enviarlo o qué casa venderle. Pero Alberto añora tiempos pasados, cuando todavía no comenzaba a desdibujarse el ordenamiento habitacional: “me quedo con el Chile de antes, el Chile de clases con límites claros, los latifundistas y los industriales, la clase media y el proletariado, aquí el patrón de fundo, acá su campesino, y los rotos estaban donde debían estar. Pero llegó la UP y todo se fue al diablo”.
Ahí radica el problema de Alberto: la aparición de los rotos, particularmente los rotos con plata. Los nuevos ricos que compran damajuanas de Chivas Regal en Miami, que conducen autos 4x4 y que en la capital empujan hacia la cordillera a los vestigios de una aristocracia latifundista que intenta mantener sus privilegios y sus hegemonías. Ya no se puede, menos al lado de esas mansiones de traficantes que surgen desordenadamente de Las Condes hacia arriba.
De este curioso tipo de movilidad social habla “Vendo casa en el barrio alto” (Editorial Catalonia), de la escritora Elizabeth Subercaseaux: es el más certero retrato de lo que ha ocurrido con la chilenidad después del régimen militar y con ya veinte años de gobierno concertacionista. En un tono amable, muchas veces divertido, la autora desmenuza las trampas del arribismo y la siutiquería, así como los viejos hábitos de los oligarcas y patricios de mirar al perraje para abajo: “cómo se llama este hombrecito”, pregunta una anciana para referirse a un portero de condominio.
En este retrato inmobiliario nacional, la nueva y más vistosa categoría corresponde a los que rápidamente subieron en la calificación socioeconómica gracias a sus puestos en el gobierno: “para izquierdistas culposos, forrados en plata nada mejor que El Arrayán, un barrio cordillerano, buen aire, varios hippies de los sesenta que seguían viviendo en casitas de madera entre arrayanes, laureles, espinos y ligustrinas”.
Alberto Larraín extrema sus habilidades para satisfacer a sus clientes, particularmente a quienes le devolverán el favor en su extensa red de contactos. Es el caso de un senador de la república que busca un departamento grande y discreto para su amante, a cambio, le dice: “nunca voy a olvidar lo que estás haciendo por mí. Cualquier cosa que necesites, un permiso de construcción, certificado sanitario, alguna movida para conseguir un terreno municipal, en fin, lo que quieras”. Así se construye la ciudad.
De todo el espectro de clientes que recibe Alberto en su oficina, Milena es la que más le llama la atención. De edad indefinida entre los 35 y los 50, ella es linda y arribista, pero lo reconoce y no le duele: “no nací en la clase alta, pero me encanta la vida social y rozarme con todo tipo de gente, ir a eventos, estar presente y ser reconocida, y no hay nada de malo en eso”. Alberto lo sabe bien, la “Fronda Aristocrática” te deja pasar hasta por ahí no más.
Exitoso, con millonarias comisiones por venta, Alberto de todos modos no puede relajarse. Lleva una mala relación con una de sus dos hijas y a su esposa, Pila, le ha dado por adentrarse en la literatura con autores – a juicio del marido – picantes, maricas e izquierdosos. Será por eso que en las noches de intimidad ella saca unas palabrotas que el marido no le conocía. Para Pila, todo es más sencillo, “hacer vida de rubia, como llamaba a sus mañanas en el mal de La Dehesa”.
Cual más, cual menos, en la novela de Elizabeth Subercaseaux estamos todos los chilenos retratados. Con deslumbrante capacidad de observación, la autora establece un parámetro entre la movilidad social y el mercado inmobiliario. Ya no compramos casas para habitarlas y formar familias, sino que se han transformado en un símbolo de ostentación. A su vez, los aristócratas de blasones revenidos por el tiempo y la modernidad no son capaces de aceptar que jamás podrán volver a disfrutar de barrios exclusivos, porque, adonde quiera que vayan, allá los seguirá un roto con plata. Qué desdicha.
Una historia de robo, expolio y destrucción
En “El saqueo cultural de América Latina”, Fernando Báez desmenuza las diversas épocas y modos en que la riqueza del continente ha sido usurpada por arqueólogos inescrupulosos y coleccionistas siúticos. Una situación que todavía se observa debido a la pobreza de algunos pueblos.

Hiram Bingham era hasta 1911 un desconocido arqueólogo, pero ese año se pega un salto gigantesco: es el primer occidental en apreciar la majestuosidad de las alturas del Machu Picchu en la selva del río Urubamba. Se transforma en leyenda y adquiere un inmenso poder sobre las decisiones científicas de Perú e incluso de Estados Unidos. Su nombre, a la postre, también se convierte en símbolo intelectual de los “progresistas” indigenistas de América Latina: ¿cuántos niños bautizados “Hiram” conoce usted?
Lo que pocos quieren recordar es que Bingham robó todo lo que pudo en su paso por Perú, “fue un traficante que extrajo no sólo vestigios para su archivo personal, sino cinco mil piezas incas que fueron exportadas de forma temporal a la Universidad de Yale”, con la promesa de que sería sólo un préstamo. Esas reliquias todavía no regresan.
Entonces, Hiram sí es un símbolo, pero del permanente expolio que ha sufrido el continente en distintas épocas. Al principio, en manos de los españoles apresurados de apoderarse del oro y de destruir cualquier cultura que amenazase la cristiana. Y luego, ya como un negocio a gran escala que comienza con huaqueros analfabetos que profanan tumbas por un par de monedas para que las joyas, los jarrones, los telares sean exhibidos en lujosos museos y casas particulares de Europa.
De ello da cuenta “El saqueo cultural de América Latina” (Editorial Debate), de Fernando Báez, un acucioso informe de las pérdidas que ha sufrido la riqueza artística milenaria de la región, tanto por simulados fines científicos y académicos como por el simple afán de mantener en casa, colgado en la pared, una figura olmeca, inca o maya. Para todos ellos existen proveedores: “hay decenas de arqueólogos que trabajan como traficantes de arte y colaboran con la identificación de objetos a cambio de comisiones” que, claro, no se comparan con lo que se puede ganar en una investigación etnográfica honesta y seria.
El autor enfatiza la onda chic que poseen las antigüedades para un público selecto en el mundo, y que es capaz de pagar cualquier precio por ostentar sofisticación ante sus invitados. Son mucho más culpables del botín que los humildes campesinos de la sierra que, empobrecidos y desesperanzados, le meten pala y dinamita a los entierros de sus ancestros.
Durante el siglo XIX el esnobismo de la riqueza europea indicaba que era una cuestión de prestigio social colgar un par de artesanías milenarias en el recibidor de la mansión, “algunas de esas colecciones terminaron perdidas por desinterés de los sucesores y arrojadas a la basura”. De todos modos, los europeos y norteamericanos siguen sosteniendo que “esas riquezas están más seguras en naciones más desarrolladas”. El problema es que puede ser cierto, pese a la vehemencia de los argumentos de Báez.
Era destruir o robar. Por ejemplo, en el siglo XVI Fray Diego de Landa fue el gran enemigo de la cultura maya, arrasó cuanto pudo inspirado en su fe. En sus relatos autobiográficos justifica su afán demoledor: “Hallámosles gran número de libros de estas sus letras, y porque no tenía cosa en que no hubiese superstición y falsedades del demonio, se los quemamos todos, lo cual sintieron a maravilla y les dio mucha pena”. Esa pena se mantiene. Fue tanto el ahínco del fraile, que apenas tres códices mayas prehispánicos sobrevivieron a su furia, los que ahora se encuentran en… Europa.
Es una historia del horror, así lo demuestra Fernando Báez. Desde las primeras cruces y espadas toledanas que se dejaron caer por estos pagos, hasta los proveedores de piezas valiosas que, con nombre y apellido y fortunas en dólares, continúan alimentando el interés morbosamente arqueológico de los capitalistas del primer mundo.
El autor extiende su pormenorización del saqueo más allá del continente: también en Europa ha sido una práctica común, sostenida tanto en la ambición pura como en el integrismo religioso, aun hasta nuestros días. Sin embargo, la nueva fuente del pillaje apunta a las guerras y ocupaciones en Mesopotamia desde 1991. Eso puede significar un respiro para nosotros.
México, ni la cucaracha puede ya caminar
En la novela “Adán en Edén”, el escritor Carlos Fuentes plantea un amargo y pesimista retrato de la sociedad, en que el poder de la droga va copando los espacios y desintegra la moral de un pueblo y sus instituciones.

Adán Gorozpe no puede quejarse de la vida, parece haberlo conseguido todo luego huir de una clase social baja. Su primera movida astuta fue casarse con Priscila Holguín, una chica de carita redonda y ricitos de oro a lo Shirley Temple que era “apenas bonitilla”, pero amparada en una poderosa familia que le da cobijo, hasta viven con los suegros pasados ya veinte años. Adan Gorozpe es un arribista, y no se aproblema en reconocerlo, y más: un arribista con suerte, envidiable, que le ha ido bien luego del “braguetazo” con Priscila, cuyo intelecto es tan escaso como la honestidad de su marido.
Encumbrado en las altas esferas del poder en México, a Gorozpe no le falta nada. Tampoco una amante, Ele, a quien mantiene para su beneficio en un gran departamento, como se estila. Mientras, el país se debate en sus tragedias cotidianas: “Que si se devalúa el peso. Que si los narcos toman el poder. Que si la ciudad se inunda para siempre y la mierda sube hasta las lomas. Que si resucita Zapata. Que si llega el gran terremoto final y acaba con todo”.
Carlos Fuentes es uno de los grandes novelistas latinoamericanos, un dinosaurio de antiguas épocas cuya trayectoria no cabe en un párrafo breve. Ahora, en “Adán en Edén” (Editorial Alfaguara) despliega su maestría para bosquejar en pocas páginas un retrato de un país que – pese a su riqueza natural – se encamina cuesta abajo por “los lumpen engrandecidos por el crimen, por los robachicos de la sociedad, por los arribistas más siniestros, crueles, y avorazados, sin ideal alguno, listos para asesinar, explotar, corromper”.
Ubicado en la cumbre social, a Gorozpe se le aparece un adversario que, más encima, es su tocayo. Se llama Adán Góngora y es el jefe de la policía. No sólo corrupto, lo que sería sencillo, sino salvaje, sádico y arbitrario con la población. Además, a pesar de que “Góngora sufre de un caso alarmante de halitosis, le precede un tufo de indigestión maloliente”, posee ansias de alcanzar el poder total: la presidencia de la nación.
Góngora, sin embargo, sabe que no podría ser presidente, el aspecto no le ayuda. Su treta consiste en llevar a Gorozpe adelante, y quedarse él gobernando en las sombras. Un plan perfecto. Pero Gorozpe es astuto y no compra la oferta. El guardián del orden es un sujeto siniestro, metáfora prístina de lo que ocurre en los países envenenados por el tráfico de estupefacientes, como Bolivia o Colombia. Góngora encarcela a viciosos menores, se inventa culpables que luego aparecen muertos, “pero no toca, ni con el proverbial pétalo de una rosa, a los meros meros, los grandes traficantes de la droga, importadores de armas y criminales de la extorsión y el secuestro”.
Por eso, México es lo que es: “un país religioso, conservador y violento, muy macho”.
En forma paralela, un niño comienza a predicar en la intersección de dos atestadas avenidas de la ciudad capital. En el caos de los bocinazos del taco, entre las agresiones e insultos de los conductores, la voz del niño comienza a ser oída: es el fin.
Carlos Fuentes permite que el narrador – Adán Gorozpe – interpele a lector, que establezca con él una relación cercana. En un momento, la novela se zafa de la ficción y adquiere conciencia de su ser cuando aparece el escritor argentino Tomás Eloy Martínez y dice estar leyendo “Adán en Edén”, ¡de Carlos Fuentes!
El jefe policial Góngora, a su vez, no pretende que se le escape Adán Gorozpe. Lo acorrala en el círculo privado: a la par corteja a su mujer Priscila, y al parecer con buenos resultados, y amedrenta a su amante, Ele, lo que puede significar el derrumbe de la posición de privilegios de Gorozpe.
“Adán en Edén” es una novela sencilla y liviana en apariencia, una historia de trepadores y oportunistas de la política. Pero es el marco en que transcurren los hechos lo que causa pavor: existe un país en que ya no hay alternativa a la corrupción y en donde no se puede confiar en nadie, mucho menos en las dignísimas autoridades, elegidas o designadas. Causa perdida, en México ni la cucaracha de la famosa canción se salva, y ya ni camina.
Cómo reconstruir un país
devastado y humillado
En “Alemania 1945”, el historiador Richard Bessel da cuenta amarga de los hechos que sucedieron al fin de la Segunda Guerra Mundial, y el modo en que vencedores y vencidos tuvieron que aprender a convivir para superar la pesadilla.

Cuando en mayo de 1945 se apagaron los cañones en Europa, un significativo número de ciudadanos alemanes recién comenzaba una nueva temporada en el infierno. ¿Qué ocurrió en esos primeros días de ocupación aliada? ¿Cuándo pudo al fin normalizarse la vida diaria? No fue sencillo: los vencedores entraron a pueblos y ciudades germanas con extrema desconfianza y temerosos de un brote de resistencia que nunca ocurrió. La tarea inicial de americanos, ingleses, rusos y franceses fue desnazificar las estructuras de poder. El problema era cómo identificarlos, y luego cómo reemplazarlos en sus funciones, desde maestros de escuela a choferes de buses.
Se cometieron excesos, delaciones falsas producto de cuitas personales: “si bien la mayoría de la población alemana acogía con aprobación el arresto de los despreciados peces gordos nazis, la cosa cambiaba cuando los detenidos eran personajes de menor importancia”. En la zona estadounidense comenzó a hablarse con sorna de una “Gestapo americana”.
“Alemania 1945. De la guerra a la paz” (Ediciones B), es un relato difícil, desgarrador, cuyo autor – Richard Bessel – se preocupa del modo en que una nación sorteó las tragedias para sobreponerse, sin olvidar su dignidad. Por ejemplo, el testimonio de un oficial alemán que se rinde con su tropa a las fuerzas occidentales, y a pesar del cansancio y las privaciones no aceptan los víveres que les ofrecen: “por algún motivo nos invadió cierto orgullo y no dejamos que nos sirvieran comida de inmediato como si fuésemos unos muertos de hambre”.
En Alemania había ciudades desaparecidas bajo los escombros, y con sus habitantes diezmados y hambrientos debían volver a levantar cada ladrillo para reencontrar las calles. Además, los aliados ocupaban las pocas casas y edificios que permanecían en pie, y obligaban a los derrotados a un éxodo masivo a otras regiones. Millones de personas se movían de un lado a otro del país, a pie, en carretelas, o en tren los más afortunados. Muchos además buscaban el rastro de sus familias, que por lo general habían muerto en los bombardeos. Los caminos alemanes se asemejaban a esos grabados con que Gustave Doré ilustró “La Divina Comedia”.
Los extranjeros que deseaban regresar a su país se entrecruzaban con los judíos que habían sobrevivido a los campos de concentración. Un mar humano que se movía apenas arrastrando los pies. Antes, cuando el final de la guerra se tornaba evidente, muchos alemanes del Este huyeron hacia el Oeste por temor a las represalias que los soviéticos impondrían en sus zonas conquistadas. Y tenían razón para escapar. En el territorio que luego sería parte de la Europa comunista recién empezaba el calvario.
Y la gente seguía muriendo, se calcula en varios cientos de miles las víctimas hasta diciembre de 1945. Los detenidos por cualquier causa eran alojados en campos de concentración improvisados, no más que una cerca de púas a la intemperie: sin comida, sin atención médica y sin abrigo. “La dieta de los prisioneros era espartana, limitada a menudo al té, el sucedáneo del café, el pan y la sopa”, con suerte.
En las distintas zonas de ocupación variaba la severidad con que se aplicaban las normas. Los franceses fueron particularmente crueles y vengativos, y mucho peor los rusos: se llevaron a los prisioneros como esclavos a los confines de la Unión Soviética, la mayoría jamás volvería a su tierra con vida. Los americanos e ingleses relajaron el régimen hacia los vencidos en pocos meses, y si antes no se permitía a los soldados siquiera hablar con los alemanes, “no hizo falta mucho tiempo para que las fuerzas de ocupación durmieran con el enemigo”.
Mayo, junio y julio fueron meses de espanto. Poco a poco surgen los privilegios entre unos y otros, también se morigera el recelo que se sintió al principio. El empleo en las fuerzas norteamericanas era particularmente deseable puesto que daba acceso a comida y tabaco, “lo que se convirtió en la moneda más valiosa del país ocupado”. Los prisioneros iban siendo liberados con rapidez en la zona occidental, y en 1948 ya no quedaba ningún encarcelado. Del otro lado, sin embargo, recién en 1955 los últimos prisioneros de guerra alemanes regresarían de la URSS.
“Alemania 1945” es el libro que nos faltaba leer para comprender en toda su dimensión los alcances de ese forado profundo de la historia que fue la Segunda Guerra Mundial.
“Caín”:
El nuevo evangelio personal de Saramago
Con humor e ironía, el premio Nobel portugués reivindica la figura del primer asesino bíblico y lo transforma en un héroe tan desorientado como vagabundo, y testigo de los más notables pasajes que se narran en las sagradas escrituras.

En la época de esta historia, las maldiciones “eran obras maestras de la literatura”, tanto por la fuerza de la intención como por el objetivo mismo de la invocación. Así que caían plagas sobre pueblos enteros, los campos de cultivos eran reducidos a piedras sueltas y los animales de pastoreo se freían al aire por culpa del sol. Y peor, los hombres debían sacrificar a sus hijos, abandonar a sus esposas o matar a sus hermanos. Era el dulce tiempo del Génesis.
Sin ir más lejos, una de las primeras fábulas que se cuentan es la de un labrador llamado Caín que asesina a su hermano pastor, llamado Abel. El primer homicidio, el que sienta el precedente de todos los posteriores, como una repetición infinita. Pero en la versión de José Saramago Caín no acepta tan fácilmente el dictado de Dios, hasta se atreve a darle vuelta sus argumentos cuando es pillado en la falta, todavía con la quijada de burro en la mano: “el primer culpable eres tú, yo habría dado mi vida por su vida si tú no hubieses destruido la mía”. Desde ese minuto de insolencia, Caín sale a vagar por un mundo que recién empieza a existir.
“Caín” (Editorial Alfaguara) es una versión personal e iconoclasta de las historias del Antiguo Testamento, un poético divertimento que sólo una firma prestigiosa como la de Saramago se puede permitir. Cualquier otro escritor de segunda categoría sería condenado a los infiernos, y objeto de un auto de fe en la plaza pública.
Por lo demás, no es un ejercicio novedoso: una de las tesis que explican la literatura indica que todas las historias que puede contar el hombre se encuentran en la Biblia, y que lo demás es reescritura. De ello se desprende una especie de tentación de los escritores por recrear uno de los pasajes bíblicos y extenderlo como una novela. A veces de manera inconsciente.
En “Caín”, Saramago va un poco más allá: ajusta cuentas con Dios. El fratricida asesino hijo de Adán se transforma en un héroe errante, un espectador de la destrucción de Sodoma y Gomorra, de la caída de los muros de Jericó y del diluvio de cuarenta días del cual sólo la familia de Noé sobrevivió. Además, no olvidemos, las parejas de animales, lista en la que el unicornio no fue considerado: “¡el unicornio, el unicornio!”, habría gritado Noé ya demasiado tarde.
A esa botadura del arca, de acuerdo al autor, Dios no asistió, “estaba ocupado con la revisión del sistema hidráulico del planeta, comprobando el estado de las válvulas, apretando alguna tuerca mal ajustada que goteaba donde no debía”.
El relato es extemporáneo y sarcástico, “en la narrativa que vamos componiendo paso a paso con melindres de historiador”. Saramago despliega una envidiable riqueza de lenguaje y verborrea para insistir en la inocencia de Caín, condenado a vagar “sin un mapa de carreteras, ni un pasaporte, ni una recomendación de hoteles y restaurantes, es un viaje como los que se hacía antiguamente, a la aventura, o, como ya entonces se decía, a la buena de Dios”.
Además del tiempo entrecruzado y caótico, Saramago echa mano de mitos que no se encuentran en la Biblia cristiana pero que “debieron suceder” más o menos en la misma época. Así, Caín termina amancebado con Lilith, la mujer que según la tradición judaica es anterior a Eva y que fue la primera esposa de Adán. Lilith tiene un hijo de Caín, pero aun así el condenado errante no se detiene, continúa el designio marcado por Ddios con ceniza en la frente.
Caín es testigo de la frustrada construcción de la torre de Babel y de las decenas de idiomas que nacen de uno solo original, “incluso, quién podría imaginarlo, el portugués” (la lengua del autor). Con la estructura narrativa que ya le conocemos en sus anteriores libros, en cortas 190 páginas Saramago “con nunca visto atrevimiento” trastorna los pasajes de Abraham, Moisés, Lot, Job, en fin. Frente a todos ellos aparece un Caín metiche y sabihondo, como si ya hubiese leído la Biblia para saber qué ocurrirá. Más que nada, un Caín rebelde ante Dios, disconforme con el mote de primer asesino de la historia que le adjudica el creador.
Un lujo que sólo Saramago puede permitirse.
Gabriel García Márquez
La biografía tolerada por el patriarca
El investigador inglés Gerald Martin ha invertido un cuarto de su vida en la historia del más conocido escritor del continente. El resultado es un gigantesco volumen que, según el autor, es sólo el preámbulo para la versión definitiva.

En una entrevista concedida el 9 de septiembre de 1973 a un periódico de Barcelona, Gabriel García Márquez sostuvo que en América Latina escaseaban los dirigentes de talla: “los únicos con verdadera madera de líderes en el continente eran Castro y Allende, mientras que el resto eran meros presidentes de repúblicas”. Dos días más tarde, uno de esos líderes estaría muerto en Santiago. De acuerdo a su biógrafo, la primera nota de protesta que habría recibido la junta militar de Chile provendría de García Márquez: “ustedes son autores materiales de la muerte del presidente Allende, y el pueblo chileno no permitirá nunca que lo gobierne una cuadrilla de criminales a sueldo del imperialismo norteamericano”.
Dicha reacción es el reflejo de la posición política de García Márquez, aunque también devela sus contradicciones en aquellos años, puesto que al mismo tiempo en que las emprendía contra un nuevo dictador, casi de manera personal, también abrazaba la causa de otro que resultaría más porfiado y eterno: Fidel Castro. Unos años antes el régimen cubano había apresado al poeta Heberto Padilla, lo que se convirtió en el cisma que dividió a los protagonistas del boom latinoamericano. Un grupo de escritores radicados en Europa firmaron una carta dirigida a Castro, manifestando su molestia por la situación de Padilla, entre ellos Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa. También en un principio firmaba García Márquez, pero era falso: el colombiano se había negado a sumarse, y su nombre sólo figuraba por el apuro de sus colegas que lo dieron por hecho y no le consultaron. García Márquez luego debió esforzarse para reconciliarse con su admirado Fidel.
“Gabriel García Márquez. Una vida” (Editorial Debate) es la esperada biografía del premio Nobel, y su calificativo de obra total no parece exagerado. El autor, Gerald Martin, pasó 17 años de su vida junto al biografiado y pudo recolectar miles de hojas de entrevistas y datos bibliográficos para, al fin en 700 páginas, constituirse en el mayor acontecimiento literario del continente desde la época en que todos sus grandes nombres brillaban en el mundo.
Martin, sin embargo, sostiene que este libro es sólo un resumen de una obra mayor en la que trabaja apresurado para que su objeto de estudio, un octogenario Gabo, pueda leerla: “lo que el lector tiene en sus manos es, por tanto, la versión abreviada de una biografía mucho más extensa, casi terminada, que tengo la intención de publicar dentro de unos pocos años, si la vida me trata bien”.
Convertido en la pieza clave para desentrañar los secretos del más popular escritor contemporáneo de lengua castellana, Martin ha debido aclarar varias veces el tenor de su empresa. No es lo que se llama una biografía autorizada, dice, sino una “biografía tolerada” por biografiado.
Volvamos atrás. En aquel tiempo de Padilla, Allende y Castro, García Márquez ya había alcanzado el estrellato universal con “Cien años de soledad”. Pero toda novela queda en el pasado del escritor una vez que se publica. Ahora intentaba cerrar su nuevo libro, cuya idea básica era tan antigua como la fundación de Macondo: “El otoño del patriarca”. Es la historia sin fin de un dictador de una nación latinoamericana, el compendio de todos los dictadores habidos y por haber, y caracterizado por “el contraste entre la belleza atrayente de la imaginería poética del libro y la fealdad del asunto que trata”, según Gerald Martin.
Con dispar acogida en su momento, “El otoño del patriarca” sigue siendo la obra favorita de su creador, y es mucho más compleja de estructura que “Cien años de soledad”. Cansado de las interpretaciones erróneas, es el propio Gabo quien en 1975 regala a sus críticos la clave de la historia. Refiriéndose a su novela, sostiene que: “es casi una confesión personal, es un libro netamente autobiográfico, es casi un libro de memorias. Lo que pasa es que, por supuesto, son memorias cifradas; pero si tú en vez de ver a un dictador ves a un escritor muy famoso y terriblemente incómodo con su fama, con esa clave, puedes leer el libro y te resulta”.
Esa perla coincidente es la que Gerald Martin explota hasta los extremos: el significado de la biografía de un hombre vivo, fabulador por naturaleza, y convertido en el patriarca de América Latina, con sus amigos y enemigos, obsesiones y soledades.
“Yo, Montt”
Un presidente de provincia,
plebeyo y morenito
En tiempos en que la política la ejercía un grupo reducido de aristocráticos apellidos, un joven abogado de Petorca supo abrirse paso en las cerradas filas del poder. Su historia cobra relevancia como uno de los aprontes para el Bicentenario.

El presidente Manuel Bulnes gobernó el país en un decenio de bonanza económica y relativa paz política, entre 1841 y 1851. En la medianía de su mandato convocó para la cartera del Interior a un joven abogado que se había distinguido en el servicio público: Manuel Montt Torres. Luego de que le ofreciera el cargo, y ante la reacción escasa de Montt, casi con desidia, Bulnes comentó: “lo que pasa es que este negro es pura cabeza y nada de corazón”.
Esa frase un tanto fuerte y peyorativa es una descripción sucinta de la personalidad de Manuel Montt, un hombre que se caracterizó por su inquebrantable sentido de la ética y el uso de la razón en momentos álgidos. La frase también acusa el tono despectivo con que fue tratado por la rancia aristocracia criolla, clase a la que Montt no pertenecía. Ante los ojos de la gente de apellido largo y abolengo – fuese auténtico o simulado – Manuel Francisco Antonio Julián Montt era un pobre provinciano de Petorca, cuyos ancestros se habían dedicado con irregular suerte a la minería. Y faltaba el detalle final, la piel morena de Manuel Montt en contraposición al delirio por la raza blanca de la alcurnia santiaguina.
En “Yo, Montt” (Ediciones B), el historiador Cristóbal García-Huidobro describe al personaje como un héroe que fue capaz de superar todas las trampas que le deparó el destino, venció a sus adversarios y enemigos, de quienes incluso obtuvo respeto, y alcanzó la presidencia de la nación en 1851. ¿Y cómo? Para Montt había una sola fórmula aceptable, la integridad moral: “He recibido todo tipo de insultos, y nunca me ha importado. Sé que mi conciencia y mis acciones siempre han estado dirigidas hacia el bien del país. Pude haberme equivocado, pero mis intenciones fueron siempre sinceras y desprendidas”.
Montt llegó de pequeño a estudiar en el recién fundado Instituto Nacional luego de las guerras de independencia. Con notas y conducta destacada, no nos extrañe que al pasar de los años se convirtiese en rector del establecimiento. Desde ese cargo se destacó por el apego estricto al reglamento del internado y, por ejemplo, no dudó un minuto en expulsar al alumno José Miguel Carrera Fontecilla debido a sus reiteradas faltas disciplinarias. El problema es que se trataba del hijo del patriota José Miguel Carrera, o sea, una de las familias más poderosas de la naciente república. Su viuda Mercedes utilizó todo su poder e influencias para revocar la medida de este “negro plebeyo y provinciano”, pero no lo consiguió. El muchacho perdió su colegio y Montt ganó un enemigo feroz, con quien se vería de nuevo en la guerra civil de 1851.
Montt era un conservador aplicado, silencioso, con poca gracia en el roce social. La única simpatía parecía entregársela a su esposa Rosario Montt – su prima hermana – y la numerosa prole de ambos. Don Manuel era lo que hoy conocemos como trabajólico, concepto que a mediados del siglo XIX debía combinarse con el permanente riesgo de perder la vida en las constantes asonadas revolucionarias de los liberales. Ante ellas, como ministro y luego como presidente, Montt fue implacable y obsesivo, apelaba a “la suprema dignidad de la República en tanto expresión de la representación nacional”, como indica el autor del libro.
A la vez, aunque era un devoto y ejemplar católico, no dudó en enfrentarse a la iglesia por asuntos de poder. Para Montt, la norma era simple: el Estado por sobre el papado.
Entonces, hacia finales de ese agitado 1851, los conservadores en el poder comenzaron a buscar un sucesor para el viejo general Bulnes, y “de pronto, casi como un rumor, casi de sorpresa, un nuevo nombre saltó a la palestra: Manuel Montt”. Y allí se quedó en La Moneda por diez años. Eran los tiempos en que la política la ejercían unos cuantos hombres, siempre los mismos apellidos que se entrecruzaban, se pasaban de un bando a otro, se rebelaban contra el gobierno, formaban ejércitos y luego volvían a la hacienda de la zona central. Al final de la jornada todos eran otra vez amigos.
“Yo, Montt” es una crónica amena que rescata la inconcebible personalidad y ética de un presidente que solemos olvidar o desconocer. Muy oportuna investigación de Cristóbal García-Huidobro, justo cuando de manera natural deberíamos interesarnos por la historia patria al cumplir los doscientos años de eso que creemos es la independencia.
Michael Lynch, historiador
Mao, el gran salto hacia atrás
La biografía del líder chino, llamado “El emperador rojo”, es un espeluznante recorrido por el infierno en la tierra. En varias oportunidades ordenó genocidios de decenas de millones de habitantes, con la premisa de que luego del caos vendría un orden más estricto y mejor.

A pesar de la malaria, que lo aquejaba desde joven, de la constante neurastenia y la depresión, a sus 55 años de edad Mao Zedong gobernaba desde 1949 la cuarta parte de la humanidad. Al fin los guerrilleros comunistas chinos se habían impuesto sobre los nacionalistas comandados por Chiang Kai-shek luego de 30 años de lucha, y con una invasión japonesa de por medio.
El optimismo inicial por el triunfo pronto se diluyó ante la realidad de que China era una nación retrasada, rural, ni siquiera autosuficiente. A su vez, comienza el culto a la persona de Mao a niveles tan extremos que nadie puede dudar de su palabra, bajo pena de humillación pública, encarcelamiento y ejecución: “Cuanto más poder adquiría como gobernante, más se distanciaba de los sentimientos y las emociones. Se volvió insensible al sufrimiento de su pueblo, lo cual le permitió proponerse objetivos sin importar los costos”.
El historiador Michael Lynch describe en “Mao” (Editorial Vergara) lo que sin duda es el genocidio más grande de la historia. Las cifras de los muertos de Mao superan con creces las purgas de Stalin sumado a todos los caídos por las dos grandes guerras mundiales. ¿Cómo fue posible? Al igual que otros procesos revolucionarios, son las circunstancias las que legitiman y despiertan la reacción violenta: a principios del siglo XX China se encontraba sumida en la decadencia de su otrora poderoso imperio, y ahogada por el expansionismo de Occidente y los señores feudales que se repartían el vasto territorio. Estaba servido el caldo.
Carismático, megalómano y viejo zorro de las campañas militares, Mao fue capaz de superar todos los obstáculos para conquistar el poder absoluto. En el camino, el reguero de muertos incluía a muchos de sus primeros camaradas de la época en que recién estaba abrazando la ideología marxista, aunque modificada para la situación china.
Como presidente y “amado líder” de la República Popular China, fue el responsable de dos grandes exterminios de su pueblo, que provinieron de sus propios planes y órdenes. El primero es llamado “El gran salto”, en 1957, una campaña que intentaba industrializar al país y optimizar las cosechas en los campos. Se pretendía que el campesino fuese a la vez un obrero de las industrias del metal, bajo el precepto de lo que Mao llamaba “Ciencia marxista”, la que se impondría por sobre las limitaciones y la falta de capacitación del pueblo. Por supuesto, nada resultó. China padeció la mayor hambruna de que se tenga memoria, y en seis años murieron de hambre unos cincuenta millones de personas.
A pesar del fracaso, y para mantener la imagen de un éxito ficticio principalmente frente a sus rivales soviéticos, China seguía exportando “sus excedentes” de granos. Nadie podía llegar ante Mao con la noticia de que en alguna provincia el hambre había ya derivado en canibalismo, así que los funcionarios medios se aplicaban en reafirmar la mentira del triunfo de la producción. Los pocos jerarcas que se percataron de la tragedia y levantaron la voz, recibieron de inmediato los calificativos de “derechistas”, “traidores”, “burgueses revisionistas”, y al paredón.
De acuerdo a Michael Lynch, “la peor hambruna de la historia fue producto de la intransigencia de un hombre, Mao, y de la cobardía de sus colegas que no modificaron su política aun cuando sabían que era letal”.
No obstante, luego vendría otra masacre. En 1966 Mao propugna la “Revolución cultural”, cuyo singular calificativo ocultaba una reacción bestial en contra de cualquier atisbo de duda o disensión, particularmente de las viejas estructuras del partido. Se perseguía combatir “las antiguas ideas, la antigua cultura, los antiguos usos, las antiguas costumbres”. Fuentes conservadoras sitúan en otros cincuenta millones de personas los muertos por este proceso. En el fondo estaba el concepto maoísta de que para “salvar a China hay que destruir a China”.
En la mentalidad de Mao no había lugar para la ecuanimidad y la misericordia, “aprobaba descaradamente el uso del terror. Para él, la violencia nunca era arbitraria. La crueldad servía a un propósito revolucionario. No utilizarla habría sido un gran error”.
La biografía de Mao descompone el alma del lector, y desestabiliza el piso con que la civilización actual configura su catálogo de grandes tragedias de la humanidad. Tendemos a horrorizarnos, por ejemplo, con las cifras de muertos de otras guerras y hambrunas, pero las que son responsabilidad de Mao rompen todos los esquemas cuantitativos y transforman la tierra en el infierno. Es probable que ahora, en el auténtico infierno, Mao esté organizando una nueva revolución cultural, para desgracia del Diablo.
Y todavía hay gente, aquí y allá, que lo venera…
Jaime Collyer
Teoría y práctica del equívoco a gran escala
En “La fidelidad presunta de las partes”, el autor chileno centra su mirada en las tribulaciones de los escritores, en el desengaño amoroso y en la moda de la literatura comprometida con causas nobles en apariencia.

No importa la calidad de su obra, como escritor a Lombardi no le va tan bien como quisiera: los lectores lo desconocen, la prensa le da espacio aunque ningún periodista se preocupa antes de leer su libro. Las entrevistas, entonces, giran en torno a vaguedades y malentendidos. Al principio, Lombardi se resiste a la estulticia de los reporteros, pero después se resigna y se dedica a fomentar los equívocos, porque así todo es parte de la ficción literaria. Gran error.
Lombardi, para peor, escribe encendidas columnas de opinión en un periódico literario militante de escasas repercusiones. Ahí las emprende contra el comportamiento imperial de Estados Unidos, la invasión a Irak y otras perlas de la policía del mundo. Nuevo gran error. Cómo podría saber, el muy ingenuo, que en la embajada norteamericana en Santiago una funcionaria despechada y poco feliz, Jude, se dedica a leer y fiscalizar hasta la última letra que se publica en Chile, y a marcar para siempre a quienes se oponen a los dictámenes de su nación. Aquella secretaria de prensa anota que Lombardi es “un novelista menor y profesor universitario, pero más parece un talibán encubierto”.
En “La fidelidad presunta de las partes” (Editorial Mondadori), Jaime Collyer extiende la teoría del equívoco a niveles del paroxismo, pero manteniendo con maestría un nivel de verosimilitud que cohesiona su novela. Más que nada, porque el autor se sumerge en un ambiente que conoce a cabalidad: las pellejerías de los escritores, la malversación verbal de los traductores, y la facilidad con que los compradores de libros se dejan llevar por la moda y por las supuestas intenciones filantrópicas y de compromiso social de los autores súper ventas, “los fantoches que trapichean con la sensiblería tercermundista en el gran mercado editorial”.
Existe también otro escritor, el africano Kizerbo, que le lleva una ventaja abrumadora a Lombardi porque es una celebridad más allá de sus fronteras y un seguro candidato al premio Nobel, pronto. Kizerbo es además encantador ante la burguesía capitalina que posa de intelectual y le escucha sus sentidas conferencias acerca de la humilde aldea de Nueva Guinea de la que proviene y que pretende homenajear en su próximo libro. Ocurre que Kizerbo ha aprendido el gran truco para sobrevivir como escritor y ser exitoso: el cinismo.
Una sumatoria más de equívocos – sexuales y de los otros – convertirá al desconocido Lombardi en el estrecho colaborador del renombrado Kizerbo para la concreción de su obra monumental y definitiva: la historia del monarca de su tribu ancestral, “Manutama, un rey en las sombras”. De repente, todos hablan de Lombardi, de su inesperada incursión en las letras mayores y de la fama que podría aportarle a su carrera personal. Salvo que el escritor chileno es incapaz de creerlo y disfrutarlo, porque es tal vez el único que reconoce a Kizerbo como un tipo fresco, sinvergüenza y vivaracho.
La prensa nacional se vuelca sobre Lombardi una vez más, pero también la atención de la señorita paranoica de la embajada gringa, feúcha como Ringo Starr. Esa historia imposible del rey Manutama le huele a sedición y terrorismo fundamentalista.
Vapuleado y traicionado, a Lombardi no le resta mucho más que sumergirse en la tristeza y la desazón. Ni siquiera sus clases de Literatura le sirven de consuelo, porque allí encuentra el aguijón más cruel para un escritor que ya se aleja de la juventud: una alumna que manifiesta interés por sus conocimientos literarios.
Esa crítica sardónica de las vicisitudes del mundillo de los escritores – de sus desgracias y pequeñeces – no podía provenir de una mejor fuente. Nacido en 1955, Jaime Collyer es el más lúcido representante de su generación. Y justamente porque, al contrario de Kizerbo, se ha mantenido quitado de bulla, lejos de la moda y la literatura como una herramienta de proselitismo para cualquier causa, y sólo confiado en la única auténtica arma que puede blandir un narrador: la capacidad de contar una buena historia. Tal como “La fidelidad presunta de las partes”.
“Anatomía de un instante”
Aquellas imágenes de un golpe frustrado
El escritor español Javier Cercas rememora con puntilloso detalle, y con amplio conocimiento histórico, cada segundo de ese 23 de febrero de 1981 en que un grupo de nostálgicos franquistas quiso detener el tiempo. Y casi.

La mano de muerto del viejo Francisco Franco cometió pocos errores cuando ya iba doblando la curva de los cuarenta años en el poder. Uno de ellos fue su convicción pertinaz de que en España “todo está atado y bien atado”, y que el franquismo perduraría mucho más allá de la tumba del caudillo. Y no fue así, porque a horas de haber enterrado al dictador comenzó el desmantelamiento de su doctrina y sus amarres. Entre sus leales colaboradores había un joven franquista hasta la médula, de lealtad incuestionable: Adolfo Suárez.
Con la venia del flamante Rey de España, Juan Carlos de Borbón, Adolfo Suárez se convierte en jefe del gobierno español en 1975. Desde ese mismo instante, poderosas fuerzas comienzan primero a mirar con suspicacia a este señor Suárez, y luego, a poco andar, tiran líneas para echarlo a una cuneta. Y Suárez había hecho méritos: legalizó los sindicatos de izquierda y al partido Comunista, proscritos desde el triunfo de los nacionalistas en 1939. Para peor, a Suárez le da por convertirse a la democracia, maldito traidor.
Entonces, es comprensible que el 23 de febrero de 1981 se haya producido un intento de golpe de Estado en la mismísima casa del gobierno español. Y aquí es donde entra Javier Cercas y su nuevo libro, “Anatomía de un instante”. No es una novela, tampoco una novela histórica, se trata más bien de un ensayo personal acerca de esos minutos de terror, de sus prolegómenos y consecuencias, y del significado del que quizás puede ser el último moretón en las heridas profundas de España.
Pasadas las seis de la tarde, el teniente coronel de la guardia civil Antonio Tejero ingresa al hemiciclo de la cámara de diputados junto a un destacamento de soldados con las armas en la mano. Ese día justo se decide la votación para nombrar al sucesor de Suárez. Para que no quepa duda de sus intenciones, los golpistas disparan tiros y ráfagas al techo. Los parlamentarios se arrojan al suelo o se esconden bajo sus escaños, lo que es registrado por las cámaras de televisión que graban las sesiones. Allí también se aprecia que Rodríguez Mellado, general en retiro y vicepresidente, intenta oponer resistencia, acto de valentía que de poco le sirve. Pero además se evidencia que hubo un político que se mantuvo en su puesto sin esconderse, como un espectador en un estadio, con tal sangre fría que pocos puede esgrimir en una balacera: Adolfo Suárez.
El escritor Javier Cercas carga sus diatribas contra Suárez, lo considera un arribista, inescrupuloso, megalómano y en gran parte culpable de la crisis política española. Sin embargo, no duda en reconocerle su valor en aquel momento crucial de la historia de su país. O tal vez, supone Cercas, estaba actuando su papel de héroe, convencido de que así debería consignarlo la historia: “hechas las sumas y las restas, es el político español más contundente y resolutivo del siglo pasado”.
Con su gorro tricornio “y su aspecto de guardia civil de viñeta”, Tejero fue el ejecutor del golpe, pero no el ideólogo, apenas “un energúmeno empachado por toneladas de papilla patriótica”. El autor intelectual nunca apareció, como se estipulaba en el plan, por lo que aquella misma noche el golpe se fue al carajo. ¿Quién fue el verdadero golpista?
Javier Cercas, con una prosa arrolladora, escarba en los cimientos de la historia de su país desde antes de la guerra fratricida y apunta las culpas a los monárquicos, a los franquistas irredimibles y a los integristas religiosos. Y por encima de todo, a los uniformados que quisieron mantenerse como un poder independiente del poder civil.
Una tremenda estampa nacional de desencuentros que puede resumirse en aquel instante en que el oficial Tejero dispara su arma en las narices del gobierno español. Revisado cuadro a cuadro el archivo fílmico – tarea que cumplió Cercas, como en aquel cuento de Julio Cortázar y la película de Michelangelo Antonioni – comprendemos en detalle las fuerzas que chocaron ese 23 de febrero: la democracia todavía como un gusanillo sin eclosionar, los franquistas enfurecidos porque todo volvía a ser como antes del alzamiento de su papito Franco en 1936, y Adolfo Suárez de espectador heroico, que “fue un pícaro sin formación, fue un falangista de provincias, fue un arribista del franquismo, fue el chico de los recados del Rey”.
Washington, la capital del crimen

El norteamericano George Pelecanos es considerado hoy uno de los mejores exponentes de ese subgénero literario turbio, sólo para lectores de espíritus fuertes: la novela negra. Policías rudos y reales, sitios eriazos llenos de cadáveres, políticos de madrigueras y asesinos en libertad… Estados Unidos en plenitud.
A sus 42 años, el detective Gus Ramone no puede quejarse: pasó de policía uniformado a la repartición de asuntos internos para luego pertenecer a la brigada de homicidios de Washington. Se ha casado con una ex policía y tiene dos hijos. El mayor, Diego, es un adolescente algo retraído y con problemas conductuales en la escuela. Su padre se preocupa de que no vaya a caer en la droga o en actos delictuales, como varios de sus compañeros de colegio.
Unos veinte años atrás, cuando Ramone era un novato, fue parte de la investigación de una serie de crímenes pavorosos de muchachos hombres y mujeres. Además de afroamericanos, todos ellos tenían en común que sus nombres podían leerse al revés y al derecho, por lo que la prensa los había bautizado como “asesinatos del palíndromo”. Salvo por indicios de agresión sexual y un tiro en la cabeza, el criminal jamás dejaba huellas en la escena del suceso, ni un pelo ni una traza de piel en las uñas de las víctimas. Es más, los abandonaba con sus ropas limpias, impecables, tirados de noche en un jardín colectivo.
En “El jardinero nocturno” (Ediciones B), George Pelecanos demuestra sus jinetas como uno de los grandes autores de novela negra norteamericana, donde además se desempeña como guionista y productor de televisión de programas tan exitosos como “The Wire”, emitido en 2008 y elegida por una especie de pleno de los críticos de la revista Time como la mejor serie dramática jamás realizada en EEUU. Su estilo es parco, duro, en dos o tres frases describe la escena de un crimen y el lector necesita afirmar el hígado para no tambalear de náusea. Los policías de Pelecanos tratan de sobrellevar una vida normal, pero es difícil cuando uno llega a casa muy tarde, a veces con olor a trago, y guarda el revólver en un cajón antes de besar a la hija y a la esposa.
Nunca se resolvió el caso dos décadas atrás. Y ahora, el asesino del palíndromo ha vuelto a atacar. La nueva víctima se llama Asa, un chico negro que hasta hace poco había sido amigo cercano de Diego. Aunque no le corresponde el caso, el detective Ramone se involucra: quién podría culparlo, si la muerte ahora ronda en torno a su familia.
Doc Holiday posee una minúscula empresa de limusinas para transportar a clientes de alto nivel. Cuando no está trabajando en uno de sus propios vehículos, ya que sólo tiene un empleado, Doc suele emborracharse en los bares perdidos de la capital gringa en donde consigue alguna mujer para pasar la noche. Como ya lo conocen, es aceptado incluso en los sitios exclusivos para clientes negros: “la vida sólo vale la pena cuando otros hablan de ti en los bares y las esquinas después de palmarla”. Holiday es un sujeto amargado, cuya existencia perdió sentido cuando tuvo que retirarse del cuerpo de policía. Algo oscuro ocurrió, algo que nunca se explica y que también quedó pendiente.
Entonces nos enteramos de que Doc Holiday y Gus Ramone fueron compañeros, en aquel tiempo comisionados para resolver el caso del asesino del palíndromo. Y es por azar que, en una noche de alcohol y resaca, Doc es quien descubre el cadáver de la nueva víctima, Asa. También a su modo, Doc intentará dar con el asesino, buscará ayuda en un viejo detective retirado que en su época estuvo a cargo del caso. Para Doc, es una forma de reconciliarse consigo mismo.
En el fondo de “El jardinero nocturno” se aprecia la discriminación y el racismo en los barrios periféricos de Washington, en donde los niños negros son siempre sospechosos sólo por el color de la piel, y detenidos por policías bravucones que desean darles palizas gratuitas. Y más atrás, varios de los mismos policías robando el dinero y la droga de los narcotraficantes para montar sus propios negocios. George Pelecanos derriba el mito del sueño americano y expone, con total crudeza, el submundo en que no hay detectives heroicos ni finales felices en la ciudad del capitolio. Así, lleva el tópico de la novela negra un paso más allá, y la transforma en obra maestra.
“Cautiva en Arabia”
Esa curiosa enfermedad de la aventura

La vida de Marga d’Andurain escapa a cualquier límite y es tan desmedida como los desiertos que la cobijaron a principios del siglo pasado. El libro de la española Cristina Morató, además, escarba en los orígenes de los actuales conflictos de Medio Oriente, con esa culpa enorme que recae sobre los europeos.
Habrá sido por la remota posibilidad comercial de llegar hasta Bahrein y adquirir perlas naturales a buen precio para luego venderlas a las damas aristocráticas inglesas y francesas. O por la incesante necesidad de aventura, importa poco la razón, porque de todos modos la condesa Marga d’Andurain abandona sus privilegios y comodidades de dama burguesa y se casa con un pobre camellero árabe de nombre Soleiman. Es un matrimonio “blanco”, aclaramos, en donde el joven musulmán es sólo un instrumento de la ambición de Marga, y por el que recibirá una fortuna si garantiza el regreso de la señora sana y salva a Damasco: “¿me comprarás un Buick cuando volvamos a Siria?”. Marga, por cuyas venas parecía circular bencina, deseaba ser la primera mujer occidental en conocer La Meca, y había un desierto infinito de por medio.
Como todos los hombres, el inocente Soleiman debe someterse al capricho de Marga. Estamos en 1934, los países árabes viven bajo protectorados de los europeos. Recién comienzan a surgir los nacionalismos, y a la par con la riqueza del petróleo. Se trata de vastos territorios por los que es difícil transitar debido al desierto, a los bandidos, a la pobreza y – más que nada – al recelo con que se recibe a los infieles. Mucho peor con las mujeres.
A Marga no le interesa la dificultad: “la vida normal con todas sus facilidades es fastidiosa, odio la monotonía y aquí la evito sin ningún problema”. La española Cristina Morató relata el periplo de esta mujer excepcional en “Cautiva en Arabia” (Editorial Plaza y Janés), en un libro que nunca descuida el contexto histórico y que retrocede en los hechos tanto como es necesario para nuestra comprensión.
Marga Clérisse había nacido en 1893 al alero de una adinerada y ultra católica familia vascofrancesa en Bayona. Rebelde e impetuosa, deambuló por varios colegios de monjas, incluso fue objeto de un exorcismo porque su madre la creía poseída por el demonio. A los 17 años comprendió que – de momento – la única forma de huir del yugo familiar era casarse. Elige a su pusilánime primo Pierre d’Andurain, y juntos emigran a Rosario, Argentina, con la idea de su esposo de dedicarse a la cría de caballos de raza. Les va mal, y dos años después regresan a Europa, ya tienen dos niños. Jacques, el menor, será una fuente clave para la investigación de Cristina Morató.
Marga no resiste mucho la vuelta a casa de sus padres, así que se trasladan a El Cairo. Desde ese momento, su vida será una saga imparable y su marido sólo recibirá órdenes y atenderá sus proyectos. Marga se dedica a la decoración, a la moda, a la fabricación de perlas, a las antigüedades. Antes se ha inventado un título nobiliario, condesa, para ser aceptada en el segregacionista círculo inglés que gobierna Egipto. Y le va bien, tanto que es acusada de espía por sus compatriotas franceses, sospecha que nunca podrá quitarse de encima.
Marga se va enfrentando a una sociedad no sólo machista en extremo, sino también aferrada a la creencia de que la nobleza no debe trabajar, que eso es una ocupación indigna. Y la condesa d’Andurain trabaja. Dos años después está en Oriente, en Palmira, ha abandonado a su esposo y a sus hijos: “la soledad, el silencio, una realidad que parecía de otro mundo. De repente comprendí que había descubierto el lugar de mis sueños, me sentí como una hija de esta tierra extraña”.
Ya casada con el camellero y respondiendo al nombre de Zainab ben Maxime el Dekmari, Marga es descubierta por las autoridades en el puerto de Yida, rumbo a La Meca. A pesar de que había estudiado el Corán y las costumbres islámicas, es por su desfachatada personalidad que se delata. Comienza su largo cautiverio en el harem de Ali Allmari, pero igual se las arreglará para revolucionar a las esposas y esclavas recluidas con ella.
Más tarde, a su regreso a la patria, Marga d’Andurain adquirirá una enorme popularidad con el relato de sus viajes y sus polémicos amores y amigos de toda su vida. Un personaje singularísimo a quien el mundo pareció quedarle chico porque jamás se contentó con una existencia apacible y siempre padeció esa curiosa enfermedad de la aventura.
Robert S. Boynton:
El nuevo nuevo periodismo
y los viejos viejos detractores
Parece un trabalenguas, pero se trata de la más antigua disputa de la profesión. Por un lado, hasta qué punto es alcanzable la veracidad de los hechos frente a la natural subjetividad del hombre. Y por otro, si son legítimas las técnicas y trucos de la literatura para atrapar al lector.

El milagro se lo adjudican unos vatos locos que a principios de los sesenta eran redactores de diversos periódicos gringos, aunque todavía no pueden acordar quién fue el primero y quién tuvo la revelación de colocarle el nombre al movimiento: “el nuevo periodismo”. En parte, gana Tom Wolfe, uno de los dos muchachos más representativos, junto a Truman Capote, porque escribió un libro iniciático que daba cuenta del fenómeno y que se llamó, justamente, “El nuevo periodismo”. Sin embargo, el bueno de Tom se ha negado a llevarse el crédito.
“En esos tiempos, todos creíamos en el gran mito de la novela americana”, dice Wolfe en su libro, con la idea de que cualquier hijo de vecino en Norteamérica podía escribir una novela en su casa y gracias a ella acumular una fortuna de millones de dólares. O algo así. La mayor ventaja la tuvieron y aprovecharon los jóvenes escritores que – a veces por ejercicio práctico – se desempeñaban como reporteros. En sus respectivos empleos, ellos descubrieron el filón riquísimo de las historias que otorga el periodismo. Allá afuera, el mundo estaba lleno de novelas sueltas y salvajes, sólo había que salir a buscar.
De pronto, la objetividad y la veracidad dejaron de ser inherentes al periodismo, en pos de la profundidad y personalismo del relato: “leemos a Tom Wolfe por la distorsión imaginativa que le imprime a la realidad, no por la realidad misma”.
Cincuenta años después, pese a los detractores recalcitrantes que se aferran a la verdad inalcanzable y objetan la belleza literaria de un texto periodístico, los muchachos del “viejo nuevo periodismo” mantienen vigencia. Varios de sus nombres, además, se convirtieron en pesos pesados de la literatura, como Capote, Norman Mailer o el mismo Wolfe.
Ahora, es conveniente revisar si existe “El nuevo nuevo periodismo” (Editorial Aguilar), como lo llama Robert S. Boynton, para saber si el movimiento renovador de esos años dejó una huella a fin de que otros puedan seguirla. Y sí. El autor revisa el trabajo y entrevista a nueve representantes de este subgénero literario que es el periodismo (que me perdonen los ortodoxos de las escuelas universitarias), y mezcla nombres de antiguos estandartes, como Guy Talese, junto a recientes retoños como Jon Krakauer, a quien conocemos por su libro “Into de wild” llevado al cine por Sean Penn.
Antes, lo primero que nos explica Boynton es que el nuevo periodismo de los sesenta ya era viejo. Se trataba más bien de una revitalización de la experiencia de Estados Unidos en la prensa de principios del siglo XX, cuando el país bullía en expansión económica y acogía a millones de inmigrantes que le daría el sello a la nación: “la de América era la historia que el mundo quería escuchar”.
Nótese que, como sea el caso, Boynton lo circunscribe a su país. Los nuevos y cuasi nuevos periodistas del resto del mundo son sólo imitadores. Y puede ser cierto, al menos la construcción filosófica lo es. En una época tan temprana como 1890, un editor periodístico del “New York Commercial Advertiser” convirtió el periodismo literario en política editorial, bajo la premisa de que los objetivos básicos del artista y el periodista eran los mismos: subjetividad, honestidad, empatía. El objetivo era “captar la noticia en forma tan completa y reportearla en forma tan humana, que el lector se vea a sí mismo en el lugar del otro”.
Luego, qué pena, vino un enfriamiento de la causa. En las primeras décadas del siglo XX se expandió la creencia (errada) de que los periódicos deberían empeñarse en alcanzar la realidad. A su vez, la novela – su pariente negado – fue adquiriendo un aura de trascendencia que el periodismo parecía no poder alcanzar. Fue un divorcio pasajero que se extendió por más de cincuenta años.
Vueltos en su cauce, y gracias a los pioneros de los sesenta, literatura y periodismo se han reconciliados y gozan de buena salud. Tal vez la mejor señal de permanencia de “El nuevo nuevo periodismo” es que ya no es una quimera amenazada por sus detractores, sino un tremendo negocio impulsado por maestros del género herederos de aquellos otros que un día, en un momento de iluminación, se olvidaron para siempre de la búsqueda de la verdad. En buena hora.
Mala gente que camina:
Ay, España, todavía duele
El escritor peninsular Benjamín Prado presenta, desde nuestro tiempo, una mirada triste y cansada acerca de aquella guerra civil y la posterior dictadura eterna que se sobregiró en la cantidad de muertos, humillados y olvidados.

El profesor escribe un profundo y acabado estudio de la escritora Carmen Laforet, piensa que ello le puede significar un cambio en la vida a fin de abandonar sus horas como docente en un colegio de alumnos porros “que no sería capaces ni de encontrar China en un mapa de Asia”, e ingresar a la universidad. Para peor, a cambio de unas pesetas extras, se ha impuesto tareas administrativas que lo abruman y le consumen el tiempo. Es separado, pese a ello mantiene vínculos con Virginia, la ex, siempre dada a las calamidades y a la mala suerte.
El profesor vive con su madre en Madrid, con quien suele discutir largamente sobre los alcances y desastres que ha dejado la guerra civil española y que aún hoy podemos percibir. La señora lleva la voz contraria: no justifica pero entiende las tropelías que se cometieron luego del triunfo de los nacionalistas y el estado de oscurantismo político y religioso que impuso la huesuda mano muerta de Francisco Franco.
Sólo por obra del azar, Natalia Escartín, la apoderada de un muchacho del colegio, le señala al profesor que su suegra – ahora convaleciente en un asilo – conoció a Carmen Laforet, que fueron amigas y colegas en el oficio de escribir. Dolores Serma, descubre el profesor, escribió una magnífica novela post guerra civil que, bajo el título de “Óxido”, abordó un tema complejo, silenciado y negado: el tráfico de niños, los hijos de los encarcelados, fusilados y desaparecidos.
Allí entra de lleno “Mala gente que camina” (Editorial Alfaguara), de Benjamín Prado: una especie de arreglo de cuentas de un conflicto difícil de dimensionar y que elevó al paroxismo la demencia de una guerra civil y la posterior venganza de los vencedores. Por sus virtudes, edad y oficio, el narrador podría corresponder al mismo autor, tal vez por ello se nos esconde el nombre. Mientras escribe acerca de la literatura de Carmen Laforet, el profesor va destapando las piezas siniestras que significó la franquismo en los escritores españoles: los que se opusieron y terminaron en las fosas comunes, los que callaron para salvar el pellejo, los que gozaron de un buen pasar bajo la sombra del dictador y que luego, reinstaurada la democracia 39 años más tarde, recién declararon su tenaz oposición a Franco.
El misterio, sin embargo, es Dolores Serma y su novela de denuncia que tardó 18 años en publicar. La paradoja es que Dolores había trabajado a la par con las más empingorotadas mujeres del régimen franquista que estaban a cargo de los programas sociales que, en verdad, servían para facilitar la compra y venta de bebés republicanos: “separar el grano de la paja, es decir, quitarles a los marxistas sus hijos, para curarlos a través de la reeducación”. También son los instrumentos de la sumisión para las nuevas mujeres españolas, relegadas a una especie de comparsa medieval para el hombre: “La vida de toda mujer, a pesar de cuanto ella quiera simular – o disimular – no es más que un eterno deseo de encontrar a quien someterse”. O dicho de otro modo: “la aguja es la mejor compañera de la mujer”.
En varios extensos episodios, Benjamín Prado ilustra el endemoniado principio de acción y reacción que condujo a la guerra civil y a cuatro décadas de siniestra dictadura. Cómo sobrevivieron los vencidos, cómo se acomodaron los vencedores. Enseguida el narrador vuelve sobre su obsesión por conocer la vida de Dolores Serma y cómo pudo haber servido lealmente a las fauces del mal y a la par escribir una novela en la que mostraba el rostro auténtico de la España vergonzosa que incluso pregonaba: “a la cárcel con los neutrales”.
“Mala gente que camina” es una novela que alcanza altos grados de perfección, notable el narrador en su ironía cáustica de la que nadie se escapa, y acertado en su observación amarga de que en el mundo “son parecidas todas las postguerras, las dictaduras y las persecuciones”. Como si una bala pudiera ser lo contrario de otra bala.
Usted me permitirá una valoración personal: es la mejor novela que he leído en el año. Tan así que uno se siente huérfano al terminar la última página.
La selección natural
Por qué somos como somos
El científico Alvaro Fischer explica con detalle minucioso la teoría de la evolución de Darwin – que por estos días cumple 150 años – y extrapola sus postulados a ámbitos culturales del ser humano. Cada uno de nuestros pasos está gobernado por el azar, la prueba y el error.

Aclaremos enseguida: a la jirafa no le crece el cuello en sus esfuerzos por alcanzar las hojas tiernas en las copas de los árboles. Y los leones tampoco crecen en la sabana para ser capaces de despanzurrar cebras y búfalos. Ocurre que, por ejemplo, cada generación de jirafas suele nacer con una pequeña mutación, una especie de desorden biológico al azar. Así, la cría que por casualidad nació con el cuello apenas un poquito más grande que sus hermanos, apenas un poquito, tendrá mayores posibilidades alimenticias en las copas de los árboles más altos, será más vigorosa y sus descendientes que hereden ese cuello estarán más aptos, un poquito más aptos para sobrevivir. Y quién sabe, tal vez en la siguiente generación nazca una cría con el cuello un poquito más largo que sus hermanos. Y así.
“El origen de las especies”, de Charles Darwin, es uno de esos libros que solemos citar con facilidad en las conversaciones de sobremesa – junto a otros volúmenes científicos, como “La teoría de la relatividad” – sin que jamás nos hayamos detenido a leerlo o a entender sus postulados básicos. Para peor, el planteamiento de Darwin se estrella contra preceptos filosóficos y religiosos que todavía hoy causan controversia.
Para el ingeniero matemático Alvaro Fischer, el darwinismo es, simplemente, “La mejor idea jamás pensada”, expresión que le sirve de título a su libro y en el que explica por qué esta idea se ubica por encima de otras elaboraciones científicas: la selección natural no sólo explica la evolución de las especies vivas, sino que también se aplica a la física y a la cultura del ser humano.
De ese modo, la selección natural gobierna el universo, y se adscriben a ella otras teorías recientes, como la mecánica cuántica. Esta última entra en una feliz concomitancia con la idea de Darwin, porque ambas se sustentan en el azar: “el mecanismo de selección natural no tiene un propósito que lo guíe ni un cerebro central que lo organice”, señala Fischer.
Sin embargo, el autor advierte que, a pesar de que las mutaciones sufridas por una especie son al azar, la selección no lo es: “muy por el contrario, es un proceso minucioso, lento y complejo, que hace pasar por el tamiz de la supervivencia y la capacidad reproductiva a cada una de las mutaciones introducidas”. Entonces, el mecanismo no busca un diseño particular, ni un tamaño especial, ni una conducta determinada, simplemente “premia” a aquellos que funcionan.
Desde esa base, Fischer extiende el darwinismo a la evolución física. Tal como lo indica nuestra percepción del universo, todo eso de allá afuera también es el producto de la prueba y el error. Los cielos que observamos ahora son “básicamente polvo interestelar, estrellas y galaxias; éstas son, desde el punto de vista de la evolución, configuraciones más estables que aquellas que las antecedieron”.
En la época de Darwin la mayor polémica – rayana en la herejía para la mentalidad del siglo XIX – apuntaba a que el ser humano también había sido el fruto del azar en las mutaciones de su biología. Pero Fischer hoy va más allá, también las expresiones culturales del hombre se rigen por la selección natural, el azar. Son las ideas las que evolucionan en el ámbito cultural, ideas que se plasman en objetos físicos y que constituyen abstractos como los sistemas morales: “decimos que estas ideas ‘mutantes’ son exitosas cuando logran quedar almacenadas en un gran número de mentes, y para que ello ocurra es necesario que sean ‘útiles’ a las mentes de quienes las albergan”.
Dicho de otro modo, el deseo sexual y la dentadura definitiva son rasgos biológicos de los seres humanos. Y nuestros conocimientos sobre el fuego, o sobre historia y matemáticas son parte de los rasgos culturales que nos caracterizan.
“La mejor idea jamás pensada” (Ediciones B) es un libro ameno y de cómoda lectura, a pesar de su planteamiento tan complejo. En cada capítulo el autor se preocupa de buscar ejemplos sencillos para explicar intrincados conceptos. ¿Por qué la batalla por el formato de cintas de video la ganó VHS, cuando Betamax era técnicamente superior? Ahora la respuesta nos parece simple.
“Quemar un pueblo”
Conozca a un hombre de dos cabezas
En su nueva novela, el escritor chileno Patricio Jara configura un circo nortino del siglo XIX que va recogiendo adefesios humanos en el camino, bajo la premisa de que la curiosidad morbosa del respetable público siempre será garantía de rentabilidad.

Cuando Lucio Carbonera calculó que su afiebrada idea empezaba a concretarse, cuando vio que podría ser rentable, necesitó un nombre. Esquivó las obviedades con que se bautizan a los circos y espectáculos de variedades, y fue parco, hasta sibilino en el mote de su empresa: “Atracciones Internacionales”. Para qué más, como si, por el contrario, no pretendiese llamar la atención. Pero si fuésemos más precisos, las atracciones reunidas por Carbonera revestían caracteres de monstruosidades en un laboratorio de experimentación con seres humanos. Y todavía más inconcebible en el remoto año de 1876 en los desiertos y peladeros del norte, una región que muy pronto – con una guerra de por medio – pasaría a ser chilena.
Todo había comenzado en Asunción, en el momento en que Carbonera, un hombre de un pasado nada limpio, rescata del incendio a un curioso personaje de apellido Ildefonso, y dos nombres, Dámaso y Gastón. Y una cabeza por cada nombre. Nadie podría negar que aquel engendro – cuyas cabezas conversaban y discutían entre sí – debería recibir el calificativo de fenómeno, y que no faltaría la gente morbosa dispuesta a pagar por verlo. En ese minuto a Carbonera se le iluminó la mollera.
“Quemar un pueblo” (Editorial Alfaguara) es la nueva novela de Patricio Jara, en donde otra vez destacan las cualidades que le conocíamos en sus anteriores libros: la santísima brevedad, la precisión y pulcritud económica de su lenguaje y la capacidad de emocionar con una historia sencilla. Esta vez la de un circo decimonónico en el que confluyen los más inverosímiles rastrojos humanos, maltratados y despreciados en la sociedad, escondidos como animales, si acaso no lo somos todos, y convertidos en estrellas de provincia por la visionaria ambición de Lucio Carbonera, el dueño y señor Corales a la vez.
A medida que “Atracciones Internacionales” emigra desde Paraguay al sur, internándose en Perú y luego en lo que sería el norte chileno, va sumando más engendros a su caravana: un hombre que parece sapo, otro que parece mono, junto a la atracción principal del caballero de dos cabezas y dos personalidades.
Por si no bastase, el emprendedor Lucio Carbonera recluta a un incipiente maestro cervecero que les ha robado los secretos del oficio a sus patrones holandeses, Benicio Carranza. Entonces, el espectáculo de rarezas, que más encima bailan y cantan, sumado a un primitivo fermento de maltas, es sinónimo de éxito garantizado: el público se empina los botellones sin importar su calidad.
Carbonera habrá sido un contrabandista y estafador en su pasado, pero ahora se yergue como un benefactor de los marginados, los despreciados y aborrecidos por la sociedad. Todo bien, hasta que se topan con un pueblo maldito, Cristo de la Roca.
En algunos momentos, por los toques estrafalarios y excesivos, “Quemar un pueblo” nos remite a cierto dejo del realismo mágico latinoamericano tan vilipendiado en nuestros días. No obstante, la habilidad verbal de Patricio Jara afirma las riendas y la novela se transforma en crónica: por la mesura que ostenta el narrador, pudo haber existido un circo de tal naturaleza, sólo que es algo difícil de creer.
A Cristo de la Roca convergen más historias inconcebibles, que coinciden con el arribo de Carbonera y su carnaval. Un tropel de esclavos negros, huérfanos de sus amos y a la deriva para ser explotados por el comisario del pueblo, Muruaga, un auténtico tiranuelo, sinvergüenza y negrero. Y un oso gigante que, de manera literal, naufraga en las costas del pueblo para asombro y perdición de sus habitantes.
El caldo de Patricio Jara adquiere consistencia y nos permite predecir la razón del título de su novela.”Quemar un pueblo” es un texto austero en extremo, original en su temática que va contra la corriente de tendencias o modas criollas, y certero en su esencia: los marginados, los fenómenos, la corte de los milagros, los escondidos en la trastienda de la sociedad merecen un instante para sentirse válidos y protagonistas. O dicho de otro modo, quieren venganza.
DE PECHUGAS & VOTOS, LA CENSURA EN CHILE

30 de agosto.
¿Puede el pecho rubicundo de una bella señorita originar un problema político de alto vuelo? En nuestro país, sí, puede. Llevamos veinte años de marea concertacionista y, pese a que muchos de ellos se arrogan representar eso que llaman “progresismo”, no hemos aprendido ni una lección acerca de las censuras absurdas, y no nos hemos alejado ni un pelo de la mentalidad colonial.
A veces, el creativo de una repartición de gobierno discurre una idea genial, original, pero enseguida desde otra oficina le llega un tirón de orejas, o más bien un zapatazo. Es un fenómeno repetido y confirma que después de la dictadura muy pocos bacalaos han entendido la mecánica secreta de la censura. Aquí se las recuerdo: siempre la censura generará más impacto que la indiferencia, porque aquello que pretenden censurar se convierte en un natural atractivo para el público.
Esta vez la experiencia corrió por cuenta del Instituto Nacional de la Juventud, cuya campaña para que los jóvenes se inscriban en los registros electorales consideraba un afiche de la bella señorita del primer párrafo, ay, luciendo una pieza de lencería negra que le decoraba un par de esos senos por los que hartos hombres suelen perder la cabeza. Me lo vas a decir a mí. La frase que suscribía la dama apelaba a una perfección narrativa criolla: “Ahora yo voy a apechugar”. El mensaje era clarísimo, un modelo para las escuelas de Publicidad. Así, quién podría resistir la tentación de inscribirse para votar en diciembre, si por primera vez se conjugaba una herramienta político-hedonista pragmática y efectiva.
La palabra pechuga habrá sido el primer impacto profundo en las señoras del Sernam, y saltaron coloradas de vergüenza, aun cuando es una expresión atávica en nuestro léxico y tan inofensiva como las palabras poto o teta. Casi infantiles, vea. Lo demás, la ambientación de la foto, de seguro provocó desmayos de espanto en las autoridades de aquel servicio nacional: se trataba de una chiquilla de café con piernas, esas que – según me han contado – sirven los cortados y capuchinos así, en un estado cuasi de calatas. Horror. Y más encima, no era tal, sino una actriz, Carolina Escobar.
Luego vienen las volteretas y explicaciones del Sernam: que no hubo censura, que sólo fue una indicación, una sugerencia, un comentario. Ya no importa. Sin embargo, sigo tratando de entender por qué razón, a estas alturas de la fiesta democrática, todavía un montoncito de ñoños y ñoñas en el poder tiritan de miedo por una palabra o por la insinuación sana y juguetona de una dama y su escote amplio tipo Valle Central.
Cuando supe de la noticia, corrí a fotografiar el cartel de la discordia que se ubicaba en la esquina de mi edificio, temiendo que la policía política viniese a retirarlo en cualquier momento, como los bomberos de “Farenheit 451”. Es probable que esas pechugas pluralistas, democráticas y participativas se conviertan en objeto de colección en un lejano futuro, muy lejano.
Si vas para Chile, Darwin
Muy apropiado para el aniversario de la teoría de la evolución, la periodista Claudia Urzúa nos introduce en las aventuras del naturalista inglés por nuestro país, y el modo en que describió la población, sus pesares y sus costumbres.

En una de las múltiples visitas a poblados perdidos, a haciendas y pequeñas empresas mineras que efectúa Darwin en su recorrido por Chile, arriba a la entonces todavía más diminuta localidad de Ranquil. Allí conoce a otro naturalista, de origen alemán, con quien reflexiona sobre este oficio que ha elegido para su vida: “si desde Chile se enviara a un especialista a hacer la misma investigación a Europa – le señala el colega – seguro que lo devolverían con viento fresco”.
Eran otros tiempos, con una Inglaterra potencia mundial sin parangón, y en la que los estudios científicos y etnográficos se entendían como una forma de expansión de sus influencias y poderío. Es así como un joven naturalista, cuya vocación recién se vislumbraba, de pronto se ve a bordo de una embarcación, el Beagle, que lo llevará a recorrer los confines del mundo para después, con las experiencias sobre sus hombros, discurrir esa idea de la evolución de las especies que hoy celebra 150 años desde su publicación.
Darwin estuvo en Chile, y nos honra creer que aquí estableció los primeros avances de su teoría, lo que nos ubica en el centro mundial de la historia científica. Es cierto. Pero a su vez el joven inglés nos dejó un legado invaluable con sus observaciones sociológicas y geográficas imprescindibles ahora para comprender la identidad nacional. Y de ello trata “Chile en los ojos de Darwin” (Ediciones B), de la periodista Claudia Urzúa.
Darwin vino, miró, apuntó y se fue. Aun cuando cualquier lego conoce a grandes rasgos su aporte científico, pocos saben que el joven inglés no fue muy acertado en algunos de sus juicios. A los aborígenes de la Patagonia, por ejemplo, los consideró en un estrato inferior al ser humano, y llegó a ser cruel y grosero en sus retratos de los yaganes, onas y selknam. “A Darwin le parece que ponen las mismas caras de sorpresa que los monos del zoológico. Los nativos, lamentablemente, no dejaron registro de sus opiniones”, señala Claudia Urzúa con ironía.
Recordemos que el Beagle traía de regreso a tres aborígenes, que en un viaje anterior el capitán Fitzroy había llevado a Londres con la intención de empaparlos a la fuerza de la cultura occidental. Y por supuesto no dio los resultados que se esperaban.
La lluvia imparable y el frío del sur, la generosidad climática de la zona central, las montañas y los peladeros desérticos del norte, todo es motivo de estupefacción para el naturalista. Y las descripciones de un país infinitamente pobre son conmovedoras, y todavía más en el relato impecable que Claudia Urzúa elabora sobre la odisea de Darwin. Y como si hubiese estado incluido en el precio del viaje, al inglés le corresponde ser testigo del terremoto de 1835, conocido en nuestra región como “La ruina”, porque sepultó bajo el agua la totalidad de la bahía de Concepción.
Darwin se encontraba en Valdivia ese 20 de febrero, y de inmediato se embarcó en el Beagle para conocer la devastación telúrica y el posterior maremoto: “la destrucción era total. Concepción estaba perdida”.
Con un salvoconducto presidencial, y con su facha de rubio europeo, Darwin es recibido con amables atenciones en cualquier ciudad o pueblo. Las clases altas y sus connacionales se pelean por invitarlo a comer, por ofrecerle hospedaje y ayudarlo en sus exploraciones con hombres y bestias de carga. Sin embargo, el mayor asombro para el naturalista es cuando recibe la ayuda de gentes humildes y empobrecidas que les ofrecen un cordero o un par de gallinas para alimentar a la tripulación. A su vez, las descripciones de sitios como Castro o Ancud calan hondo en el alma nacional, porque ahí rondaban nuestros ancestros, descalzos, angurrientos, empapados de lluvia y con nulas esperanzas de una vida mejor.
“Chile en los ojos de Darwin” se lee con un nudo en la garganta gracias a la habilidad narrativa de su autora. Es evidente que se ha documentado con toda la extensa bibliografía que existe sobre el tema, comenzando por las fuentes originales, para luego conseguir un texto breve, ameno, que funde la trascendencia de “la gran idea” de científico inglés con la cotidianeidad de un viajero que, por fortuna, quiso tomarnos en cuenta.
La nueva raza de siúticos bebedores de blanco y tinto
La moda ahora es rendirle culto a las etiquetas y ejercer ilegalmente la profesión de enólogo. Sin olvidar, entre copa y copa, el mundillo de las galas de vino y los cursos de cata para ejecutivos ociosos.

Partamos de una simple base: usted no sabe de vinos. Y yo tampoco. Pero puchas que nos esforzamos en aparentar. Será por la soberbia de los índices macroeconómicos del país, por la estabilidad institucional, por la democracia carnavalesca, o sencillamente por un asunto de arribismo leninismo, al que tan bien nos acomodamos. Desde que escuchamos la noticia de que el vino chileno se vendía bien en el extranjero, desde que podemos cargar con varios carros de mercadería en un supermercado, nos sale esto de hablar del vino como si fuésemos nobles franceses nacidos y criados en viñedos familiares de larga data.
Con los paladares plebeyos, de pronto nos embarga la fiebre de ostentar ancestrales sapiencias vinícolas, cuando todavía nos babea la jeta del buen litreado.
Hemos internalizado con tanta soberbia unas pocas palabras robadas, a fin de simular un docto conocimiento, que a la distancia se nos nota la falacia, la puesta en escena de teatro a mil. Usted cree que engaña si agarra una botella con parsimonia en el wine store, como si le hablase, la aprecia al trasluz o le mira el corcho, y paga hasta doce lucas para llevársela a casa, que esta noche viene a cenar esa pareja de amigos que comparte el mismo afán de la siutiquería.
La pompa continúa en el hogar, pero con espectadores atentos que le aplaudan el cúmulo de conocimientos que cree poseer, sólo porque en el verano visitó un par de viñas en Curicó, o porque se ha suscrito a esa revista especializada que le envía una botella al mes. Entonces vienen frases como: “Este vino tiene buen cuerpo. Ah, típico aroma del valle de Santa Cruz. Este cabernet huele a damascos de la India”.
O cualquier farfullada adicional que despiste, que remita a la grandilocuencia de un maestro, y que provoque la admiración de los otros, que no necesariamente han sido engrupidos, pero que se prestan para la escena porque el próximo fin de semana a uno de ellos le corresponderá el papel principal.
El azar me ha llevado a compartir la mesa con magníficos pelmazos, generadores de ruido con la leserita de los vinos. Si me permiten elegir el vino, dicen, y adquieren un semblante de sabio milenario al mirar la carta, cuando apenas realizan el mismo terrenal ejercicio mío de buscar uno término medio, de marca conocida, ojalá tinto. Y ya. Luego debemos tragarnos el mosto, aunque sea un bigoteado fina selección.
No hay moda más transversal que el imaginario de saber de vinos, desde la chiquilla estudiante que se botó a sofisticada, cuando todavía arrastra las haches como en shansho y shala, hasta el señor gerente de la gran tienda, que al menos conoció Burdeos en un viaje de negocios pagado por la empresa. Se venden libritos, anuarios de vino, o volúmenes empingorotados para la mesa de centro, y la gallada en pleno los compra y se aprende uno o dos datos brujos para la siguiente oportunidad en que pueda deslumbrar con su cultura enológica. Cualquier cosilla vale, la rareza de tal cepa, el nombre de ese tipo de botella, el calado correcto de una copa para el blanco, o el diámetro del corcho.
A pesar de ello, todavía pueden caer en el vicio que reconoce Tito Fernández en una de sus canciones: “Y me tomé hasta el vinagre”.
“Mercaderes, empresarios y capitalistas”:
La lógica del latifundio decimonónico vive
Gabriel Salazar, Premio Nacional de Historia, indaga en las motivaciones de la clase poderosa y aristocrática durante el siglo XIX, y descubre allí las razones por las cuales estuvo tan retrasado el desarrollo de nuestro país.

Hacia 1804 un ciudadano suizo, Santiago Heytz, decide instalarse en la capital con una industria textil: importó maquinaria a gran escala a fin de aprovechar la mano de obra barata de los pobres del hospicio y casa de caridad que existía en la calle de la Ollería (lo que hoy es calle Portugal). La fábrica funcionó por varios años produciendo diversos estampados de tocuyo, bayeta, cáñamo, la mayoría destinadas a la confección de capas y mochilas para el ejército. Parecía una empresa próspera, pero no. La clientela era huidiza: el patriarcado se vestía con prendas exclusivas de Europa, y la masa plebeya se confeccionaba sus propias indumentarias.
A Santiago Heytz le esperaban momentos peores. Las guerras de independencia le significaron un breve tránsito de estabilidad, pero la quiebra y la miseria serían inevitables. Dentro de la mentalidad postcolonial de los chilenos que surgieron como poderosos, no se contemplaba jamás un proceso de industrialización y modernización del país, sino sólo el aumento de la riqueza proveniente de la extensión del latifundio, la exportación de algunas materias primas y el comercio de bienes manufacturados del extranjero: “debe recordarse que hacia 1824, los mercaderes chilenos no se habían liberado aún de la empresarialidad patrimonialista y colonial y que el grueso de ellos aspiraba todavía a comprar mayorazgos y títulos de nobleza”.
Así se va perfilando la historia de la casta dominante, de acuerdo a la acuciosa investigación, “con tozudez cívica”, de Gabriel Salazar en “Mercaderes, empresarios y capitalistas” (Editorial Sudamericana), un volumen de 790 páginas que es el resultado de varios lustros de dedicación del autor. Y que, tal como otros libros que le conocemos, admite una lectura amable y amena, de amplio interés tanto para historiadores profesionales como para el ciudadano común que desea entender, por ejemplo, por qué en la historia de Chile se repite el mismo ramillete de apellidos.
Salazar configura su discurso en relatos breves que abandonan a ratos la gran Historia para centrarse en las anécdotas y los casos pequeños que ilustran el proceso chileno del siglo XIX. La libertad que se confiere el autor como narrador, como fabulador, se ancla con el co-relato de las citas al pie de página y de los párrafos de documentos de la época en que, entre otros aspectos, se descubre una curiosa forma de lengua castellana:
“Que con motibo de haber emigrado de su á sienda de maypu cuando la infelis jornada de Cancha Rayada y de haberse venido a refugiar a la hacienda de liray, y hasistiendole de la perdida de sus intereses y sitado su esposo para qe asistiese en el Exercito, á la cabeza de su compañía…”
La cita corresponde a una declaración de doña Josefa Navas, casada con don José María Mardones, a raíz de una controversia suscitada por un hallazgo de onzas de oro en la hacienda que ocupaba lo que hoy es Colina.
Para el historiador Gabriel Salazar, la mentalidad latifundista y mercantil del país se debe a la mitología del orden portaliano, cuyo deterioro empezamos a percibir hacia 1860, aunque tardaría otros cincuenta años en ser desmantelado, pero no totalmente. El mismo joven Estado chileno se prestaba para cometer errores graves: en las primeras décadas pagaba casi la totalidad de sus importaciones con oro y plata, lo que le significaba una rápida pérdida de su respaldo económico e “implicaba NO promover el desarrollo de la producción manufacturera, única vía racional para equilibrar la balanza comercial de mercaderías”.
Este carácter rígido de la estructura productiva nacional – relegado a las veleidades de su aristocracia, que era además la clase gobernante – sobrevivió a varios intentos de un mejor desarrollo productivo e industrial, porque ellos eran vistos como pérdidas de poder y hegemonía del latifundio. Según concluye Gabriel Salazar: “falta, todavía, una campaña globalizadora, tenaz y corrosiva, capaz de exterminar los mitos y fantasmas que aún flotan sobre un orden político, económico y social que, al parecer, en Chile, no quiere morir”.
Camaradas:
Lenin, Stalin, Mao y las demás joyitas
El británico educado en Leningrado, Robert Service, presenta un certero retrato del origen y expansión del comunismo. La aplicación del terror, el delirio y el posterior fracaso surgen como constantes en las naciones que aplicaron dicho modelo.

Hacia 1917 en Petrogrado un tal columnista Lenin, que lanzaba gruesas diatribas revolucionarias en periódicos extremistas pero inofensivos, habría pasado inadvertido por la historia si hubiese sido el único que pensaba de esa manera, y si no hubiese tenido a su favor las más auspiciosas condiciones sociales. Pero no, el horno de la vieja apoltronada Rusia zarista le habría de prestar todas las banderas para que pudiese prender como modelo de estado la idea loca de un viejo que en vida nunca supo ganarse el capital: Karl Marx.
Lenin, ese peladito de barba puntuda que todavía se conserva medio vivo en la plaza Roja (vayan a verlo), había leído a Marx con encomiable dedicación. Es más, pensaba que era capaz de interpretarlo y buscarle una aplicación más práctica y expedita: insistía en que ineludiblemente tendría que haber una dictadura, y que ello implicaría el uso del terror de estado. O sea, hay que matar, y mucho.
De ahí en adelante, lo que se conoce. Los bolcheviques aplastan todo intento contrarrevolucionario luego de una guerra civil y se instalan en el poder por setenta años con una secuela de millones de muertos cuya magnitud todavía no podemos dimensionar. No es tan sencillo, hablar de la historia del comunismo es referirse a la mitad de la historia del mundo en los últimos cien años. Y aún estamos muy cerca del fenómeno como para poder comprenderlo sin llevarnos por la pasión.
“Camaradas. Breve historia del comunismo” (Ediciones B), transita por esa vía. Su autor, Robert Service, concentra su estudio no sólo en los próceres soviéticos – Lenin, Stalin, Trotsky – sino que se extiende más allá, sin fronteras, hasta alcanzar a mencionar a nuestro país un par de veces. Y el resultado del estudio es abrumador, difícil de digerir: el marxismo, más que un concepto político, pareció una convicción religiosa extraída de la época de Las Cruzadas.
La sociedad en que todos iban a ser iguales fue desde el principio tergiversada por el componente humano concreto: la obtención del privilegio. Ya en los primeros días de la revolución rusa se conformó la “nomenclatura”, la lista magna de jerarcas de medio pelo para arriba que podían recibir cuotas extras de alimentos, calefacción y protección. Eso mientras los demás camaradas morían de hambre y frío, mala suerte para ellos.
No obstante, si volvemos al peladito Lenin, la más reprobable arista del bolchevismo era el terror: “desde finales de la década de 1920 el Politburó de Moscú emitió cuotas precisas respecto del número de víctimas que tenían que ser detenidas, deportadas o ejecutadas en cada provincia”.
El terror alcanza sus máximos niveles con la existencia de la URSS (cuya sigla ya habíamos olvidado) bajo la nariz de Stalin y sus purgas discrecionales. Pero en la China de Mao hacia 1950 se obtienen mejoras al menos originales en la práctica del genocidio: “la hipótesis era que si uno había sido detenido es que era culpable, y por consiguiente tenía que confesar su crimen y reformar su pensamiento”. Además, si correspondía el caso, se extendía a la familia del ejecutado una boleta por la bala percutada en su ejecución.
Sin embargo, con su cara redonda como tortilla, Mao pretendía diferenciarse de Stalin, con quien se peleaba la corona de padre del comunismo. El líder chino era partidario de ejecuciones en público: “quería una sociedad de participantes activos en el terror”. Nada de desaparecer gente en la noche o matar a escondidas, la intención era que todo el pueblo pudiera comprender el riesgo que corría la disidencia, y que se sintiera cómplice de las cuentas mortuorias de su régimen.
Si hablamos de cuotas de muerte, Mao se ubica en el podio de los vencedores. Anote sólo este dato de Robert Service: “la incidencia exacta de la mortalidad por hambre (en China) quizás nunca se sepa. La estimación más plausible sostiene que al menos treinta millones de personas perecieron”. Cháfate, Stalin.
Y luego viene Fidel Castro, nuestro comunista carcamal del vecindario. Y Corea del Norte, y la triste Camboya de Pol Pot. En “Camaradas” se refrenda el antiguo concepto de que siempre la historia de los hombres es la historia de la ignominia. Eso duele.
Columna, 23 de agosto:
COMO JET LEE O JACKIE CHAN
Luego de que el diputado Arenas caminara unos metros en el hemiciclo para arrojarle un par de papeles al señor ministro del Interior, lo que derivó en primaverales empujones de kínder, nos entra una gran nostalgia por el pasado: cuando los paladines de la política sí eran capaces de agarrarse a combos hasta que saltara el ñache de las narices. Ahora, vea usted, el momento de pasional exasperación se reduce a un corralito pobre, poco viril, como una pelea de payasos con esas cachetadas falsas que eran sólo una palmada de la propia víctima a espaldas del público.
Comprenderá su merced que, como andamos un poco tostados con nuestra clase política, como nos molesta cada vez más el sainete del ejercicio legislativo, el cuasi pugilato de esta semana nos pareció una oportunidad perdida, un desperdicio doctrinario. Ay, hubiésemos querido ver auténticos combos de ida y vuelta, patadas alevosas en las verijas de la Concertación y codazos crudos en la ingle de la Alianza.
Es decir, al menos un poco de acción y baile equivalentes a las contiendas en el patio trasero del liceo, pero nada. Ni para eso nos dan el ancho los caballeros elegidos. En los últimos veinte años apenas si hemos contabilizado unos tirones de chaqueta y unos chasconeos más bien amistosos en el adversario, pero jamás un buen aletazo de cuchillero de cantina o una silla volando trémula hacia las molleras del otro bando.
No sé si compartirá usted el anhelo, pero me habría gustado ver más que sea un ojo morado, una jeta hinchada, una oreja colorada, un diente colgando, un honorable diputado precipitándose al suelo en la noble defensa de sus ideales y proyectos de sociedad. Serían mártires de la causa, como Martín Vargas o Eliseo Salazar. Pero esta cosita infantil, reducida a unos pocos garabatos y falsas caras de Rambo, señor, no me satisfacen. Si se ganan las lucas – ¡y tantas lucas! – prefiero que de vez en cuando se las ganen a puñetazos, como pelea de gallos. Que les duela un poco la cresta, pues.
Nos vendría bien un curso de trifulca legislativa oriental, como en Corea o Japón, países en que a los parlamentarios les sobra hígado para saltar por encima de la testera como Jet Lee o Jackie Chan, a fin de imponer sus postulados a punta de mamporros y coscachos. Claro, sé que no es un comportamiento deseable, y que la violencia a nada conduce, etc. Sin embargo, el desprestigio de los asociados políticos es tan evidente, que un show de fletas y puntetes habría pasado inadvertido.
La señora presidenta calificó el malogrado round Arenas v/s Pérez Yoma como “un hecho vergonzoso”. Y puede ser. Aunque la mandataria así nos presenta en bandeja la réplica a todos nosotros los chilenos de segunda categoría: sin que haya un mísero combo, un mínimo papel arrojado en la cara de un ministro de Estado, el ejercicio legislativo es, de todas maneras, un hecho vergonzoso cada día.
Cuentos completos:
Asimov en breves 1600 páginas
Se trata de la más valiosa recopilación de relatos del autor, publicados antes de manera dispersa y/o extraviados en libros, revistas o periódicos a lo largo de cincuenta años. Los dos tomos plantean una tarea de lectura extensa pero abordable por la brevedad e ingenio de su creador.

En un remoto “futuro” de las elecciones presidenciales de 2008, la votación popular ya se ha abolido. Si bien todavía existe la democracia partidista y los candidatos se presentan libremente ante la ciudadanía, el votante es una sola persona del universo electoral. Lo elige una computadora, Multivac, que es capaz de procesar millones de datos y combinaciones para encontrar al sujeto común, al modelo de la sociedad en quien recae toda la responsabilidad. Es el triunfo máximo de la estadística y de lo que por estos días conocemos como encuestas presidenciales. Ya no se necesita más esfuerzo.
Se trata del cuento “Sufragio universal”, uno de los más emblemáticos de Isaac Asimov, el prolífico autor norteamericano considerado uno de los tres paladines de la ciencia ficción, junto a Ray Bradbury y Arthur Clarke. Y salvo por el tamaño del computador Multivac – con varios kilómetros cuadrados de tamaño, según la descripción del texto – este relato va camino de cumplir la promesa de la ciencia ficción de convertirse en ciencia, aunque impera más una ficción social, una anticipación de la conducta humana, más que de la tecnología.
Fallecido en 1992, cuando los computadores eran apenas una promesa, Isaac Asimov incursionó con inusitado éxito en diversos géneros literarios. Sus novelas de la trilogía de “Fundación” constituyen la base de la gran ciencia ficción del siglo XX, sus relatos cortos fueron llevados al cine con frecuencia y – además – le debemos a su nombre el más notable y amplio libro de divulgación científica de los últimos cien años: “Introducción a la ciencia”. El buen Isaac no perdía el tiempo.
Ahora, Ediciones B (Zeta de Bolsillo) ha editado los “Cuentos completos” de Asimov en dos volúmenes que suman unas 1600 páginas. En total, un centenar de historias de diversa extensión y temática que reflejan la inagotable creatividad de su mente, pese a que él mismo se burlaba de su talento, como lo consigna en uno de los pocos textos incluidos que no revisten la categoría de cuentos: “Para triunfar con límpido brillo en el oficio de la ciencia ficción, habla del espacio, de galaxias y de falacias teserácticas en estilo místico y agudo; el aficionado, aunque no entienda un bledo, te lo exige con blanda sonrisa de esperanza”.
En el todavía remoto año de 2157, la pequeña Margie no puede creer lo que le cuenta en secreto su amigo Tommy: que ha encontrado un libro, un libro de verdad. Como eran antes, en la época en que los cuentos siempre estaban impresos en papel: “uno pasaba las páginas, que eran amarillas, y se arrugaban, y era divertidísimo ver que las palabras se quedaban quietas en vez de desplazarse por la pantalla”.
Es el relato “Cuánto se divertían”, que data de una época temprana de Asimov, mucho antes de la invención del semiconductor silicio, en que el autor parece describir un futuro harto más cercano: el nuestro. Es hoy, y no en el siglo XXII, cuando vemos el estado de indefensión de la palabra impresa en papel, frente al arrollador avance de los libros en pantalla. Puede que no sea el fin de los tiempos, pero da pena.
Otro de los textos extraños agregados a esta recopilación es una colección de notas de rechazo por parte de editores, recibidas por el autor. Por supuesto que hoy nos resultan insólitas las razones esgrimidas para negar la publicación: “Querido Isaac. Estaba preparado (de veras preparado) para tragarme lo que usted me escribiera. Pero, Isaac, ¿qué tiene en la mollera? Su estilo está cargado de sandeces, plagado de chapuzas y ñoñeces”. La historia se ha encargado de la venganza.
Varios de los cuentos de Asimov alcanzan esa frescura de perfección, esa brillante concisión de ideas que los convierten en obras maestras y, más bien, artefactos del pensamiento humano. Por ejemplo, “El dedo del mono” o “El hombre bicentenario”. Y los que son de ciencia ficción dura, cumplen esa sentencia del autor que a veces pretendemos desconocer: “aunque hable del futuro, la ciencia ficción siempre se halla conectada al presente, porque no es más que una reacción al presente”.
“Soñando América”:
Oh, los gringos otra vez
Con un lúcido espíritu crítico, Russell Banks revisa la historia de Estados Unidos: desde su nacimiento como una colonia de refugiados hasta su actual estatus de principal imperio mundial.

Las paradojas en la historia del País del Norte son innumerables, y saltan a la vista en la voz de un escritor, más que en la de un historiador. “Debemos tener en cuenta que iniciamos nuestra existencia huyendo de un imperio, resistiéndonos a él”, establece como punto de partida Russell Banks. Y luego viene una elaborada justificación de cómo su país se transformó en un imperio más poderoso y arrogante que sus opresores.
Siempre se afirma que Estados Unidos no tiene historia, refrán o figura literaria que intenta ilustrar los cortos siglos sin raíces que lo han llevado al sitial de superpotencia mundial y la diversidad de razas que convergen producto de la inmigración. “Llegaran de Corea, India, Sudamérica, Grecia, Africa, Polonia o Irlanda, el proceso era el mismo: se abrazaba una nueva identidad y se abandonaba la vieja”. Una norma que en los últimos cincuenta años sólo han roto los cubanos que escapaban de Fidel, pensando que el asilo sería una cuestión de semanas antes de regresar a Cuba.
Desde sus comienzos, la esencia misma de Estados Unidos se basa en el mito de empezar de nuevo, aprovechar las oportunidades de la sociedad para alcanzar la cúspide. Y vaya qué poderoso es el mito, porque si funcionó para modestos campesinos descalzos que se convirtieron en millonarios, también ha funcionado para “los Antonio Montana” y sus fortunas sustentadas en el crimen.
El autor es un sexagenario académico universitario que conocemos gracias a su carrera como escritor. Y en “Soñando América” (Editorial Bruguera) aflora con esplendor su veta literaria con la que construye una visión personal – digamos, parcial, pero jamás disparatada – de los sucesos que han moldeado su país. Muy alejado de un compendio de historiador, este volumen de apenas 140 páginas es más bien una reflexión erudita, incluso amena, de la patria de Clint Eastwood, Marilyn Monroe y Superman.
Y como Estados Unidos se ha tomado pocos siglos en construir lo que otros se tomaron milenios, al parece la cadena de sucesos sociales se halla más comprimida, casi como un laboratorio de pruebas para esa vieja norma impuesta por John Adams, uno de sus primeros presidentes y padre fundador. Se necesitan tres generaciones para surgir: “la primera generación es obrera para que la segunda generación pueda asistir a la universidad y ser profesional, para que la tercera generación pueda llevar una vida regalada y, tal vez, dedicarse al mundo del arte”.
De acuerdo a Russell Banks, el deber de la primera generación es sacrificarse por su descendencia, aceptar empleos oprobiosos para que sus hijos puedan acceder a la educación y a otra clase de empleos. Y así. Es el llamado sueño americano que se perpetúa gracias a las nuevas oleadas de inmigrantes que arriban a sus costas, con o sin papeles, para seguir la huella de los primeros habitantes que huían del imperio británico. Es de nunca acabar.
¿Y para adónde van los gringos hoy? Russell Banks es extremadamente crítico del comportamiento de los norteamericanos, en particular desde su reacción tras la caída de las Torres Gemelas. La presencia de tropas de su país en Medio Oriente es sólo la extensión de un tipo de política, de un modo de proceder, muy semejante a la conquista del Oeste, pero sin vaqueros heroicos y virtuosos. “El verdadero norteamericano es un cínico, un acaparador materialista, un buscador de oro, que sin embargo tiene la sensación de estar llevando a cabo una misión idealista, incluso religiosa”, afirma el autor.
La exacerbación del nacionalismo, ese amor desmedido al trapo con que fabrican su bandera, no es más que una actitud tribal atizada por la clase política siempre lista a recoger dividendos: “cuando uno cuenta una mentira tan grande y la llama sueño, acaba por cometer actos de violencia. Forma parte de la naturaleza de la sicología humana”.
Esa crudeza en los juicios de Banks no le resta la esperanza en que Estados Unidos siga siendo una nación poderosa pero que enmiende sus rumbos: “haríamos bien en reconocer que aún no hemos terminado de formarnos y que todavía estamos a tiempo para controlar el proceso”.
Paul Johnson:
Cuál es la pasta de los héroes
De qué modo se conectan las hazañas de Julio César en Las Galias y el aplomo de Ronald Reagan frente al extinto bloque soviético. Es la estirpe de los hombres singulares que van siempre adelante, reciben la gloria y pagan los costos.

Más que historiador, Paul Johnson es un cronista de la historia, y puede que estemos ante su libro más personal, la versión íntima de los sucesos que le llaman la atención. “Si tuviera que escoger a un héroe inmaculado de la historia inglesa, ese hombre sería Enrique V”, dice, y señala sin complejos sus preferencias por el soberano que en 1415 recuperó para su corona los territorios de Normandía tras la batalla de Agincourt.
Enrique V fue ungido como príncipe de Gales a los 12 años, y ya a esa corta edad comandaba ejércitos y mataba u ordenaba matar gentes. Había copiado de Alejandro Magno la costumbre de saber los nombres de casi todos sus soldados, a fin de hablarles de manera directa en las arengas antes de la batalla, y comprometerlos en la lucha: “los que están ahora conmigo son la gente de Dios”. Ese truco retórico también fue utilizado por Napoleón y, en cierto modo, por Wiston Churchill.
Enseguida, Paul Johnson confidencia que fue profesor de Historia de la princesa Diana, en ese entonces esposa de Carlos, príncipe de Gales. Justamente ahí frente a ella abordó en extenso el significado de la sucesión al trono, de cómo se preparaba al jovenzuelo para las tareas de guerrero y estadista, y cómo muchas veces ese adiestramiento nunca llegaba a aplicarse. Sin embargo, con o sin trono, se necesitaba un elemento fundamental en la personalidad del heredero: la valentía, el heroísmo.
Y de eso se trata “Héroes” (Ediciones B), la más bella historia de hombres y mujeres valientes de todos los tiempos, desde los nombres aparecidos en las sagradas escrituras hasta los contemporáneos como Ronald Reagan o Marilyn Monroe. No se sorprenda, recuerde que es la lista caprichosa del autor, aunque sus argumentos son muy sólidos para sostener que Mae West o Juan Pablo II también son héroes.
Para Johnson, son héroes María Estuardo, Juana de Arco, Tomás Moro, sir Walter Raleigh, George Washington y Horacio Nelson. Pero también lo son Carlyle, Wittgenstein, Abraham Lincoln y Emily Dickinson.
Sin embargo, Johnson no esconde la ambigüedad moral en la categoría de sus héroes. Grandes personajes, sin duda, pero capaces de aniquilar enemigos e incendiar ciudades con tal de obtener sus objetivos. En tal sentido, más que el sujeto noble, un héroe es alguien que se atreve a llegar más allá del resto y no mide las consecuencias y los riesgos. O los asume. Alejandro Magno fue uno de ellos, el más grande conquistador del mundo antiguo y figura militar emblemática hasta nuestros días. Pero también fue una bestia sanguinaria y un bebedor imparable: “las borracheras de Alejandro se iban haciendo cada vez más frecuentes y serias, seguidas de resacas terribles de las que tardaba un día y medio en recuperarse”. Con varios jarros de vino en el cuerpo, Alejandro era capaz de matar a su mejor amigo, como Clito, para luego arrepentirse sin sentido.
Los héroes de la Biblia están marcados por esa misma ambivalencia de virtud e inmoralidad, porque debemos entenderlos como personas que se sacrificaron para el bienestar de su pueblo: “el héroe, y aún más la heroína, debe ser capaz de cometer atrocidades”. El fornido Sansón, por ejemplo, cuando empujó las columnas para derribar el templo de sus enemigos filisteos, no reparó en que también morirían quienes lo ayudaron, como el niño que le indicó en qué lugar ubicarse. El héroe también perdió la vida, es cierto, pero es parte del trato para ganarse el calificativo.
Paul Johnson establece conexiones con nuestros días, puesto que estamos irremisiblemente ligados a los héroes del pasado. Algunas de esas relaciones del autor pueden percibirse como bastante polémicas: “la crueldad en el heroísmo, convierte a Sansón en el primer asesino múltiple-suicida-mártir, prefigurando a los terroristas suicidas del Oriente Medio”.
“Héroes” constituye una obra magnífica de difusión de la historia, y narrada con talento y cariño, como si Paul Johnson todavía fuese el profesor de una princesa de cuento de hadas. Incluso más, es uno de aquellos libros que nos permite desear que la vida fuese más larga, para poder seguir leyendo.
“El secreto de Kepler”:
Cuando el Sol giraba en torno a la Tierra
La nueva novela de Jean-Pierre Luminet se lee como un estudio erudito, aun cuando no se remite sólo a la discusión científica, pues se extiende en la relación de la ciencia con la fe en una época de cismas gigantes para la iglesia.

En los albores del cambio de siglo, 1599, el mundo occidental repetía sus temores apocalípticos y se refugiaba en mayor medida en la religión. Pero además en la astrología: la lectura de cartas astrales en las que se depositaba toda esperanza de un destino mejor. Una opción que sólo podían tener los poderosos, los nobles capaces de pagarse a sus propios astrólogos.
Dos de esos astrólogos eran también astrónomos: científicos apasionados por descubrir el secreto del universo a veces sin más herramienta que el intelecto y la perseverancia. Uno, Tycho Brahe, es danés, enquistado en la más antigua aristocracia escandinava, cubierto de privilegios desde la cuna y reconocido como “el papa de la astronomía”. El otro es alemán, Johann Kepler, plebeyo hasta en sus piojos, hijo de campesinos, que sin embargo pudo romper la brecha social y ganarse un nombre en la ciencia.
“El secreto de Kepler” (Ediciones B) es la historia puntillosa de cómo esas dos personalidades se conocieron y trabajaron juntos por breves meses, pese a que no había aspectos en común entre ambos. Es más, eran depositarios de las dos vertientes científicas irreconciliables. Brahe se había ganado la fama con sus cálculos precisos, con la observación de la órbita veleidosa de Marte y con la temeraria aseveración de que los cometas no pertenecían a nuestra atmósfera sino que se hallaban mucho más lejos. Muy bien, pero Brahe seguía sosteniendo esa versión que acomodaba a la iglesia católica: que la Tierra era el centro del universo, y que todo giraba en torno a ella.
Kepler, por otra parte, siendo 25 años más joven que su colega, era un copernicano convencido: la Tierra gira en torno al Sol, y no se diga más. Al fondo de la discusión, las componendas religiosas de la reforma, la contrarreforma y la Inquisición. Ambos se ubican en el lado reformista de Europa, lo que les da cierta seguridad siempre sujeta al ánimo del príncipe que los proteja.
El autor, Jean-Pierre Luminet, es un premiado astrofísico de amplia trayectoria. Ahora agrega un peldaño más a su afán de novelar la historia completa de la astronomía, particularmente en los siglos XVI y XVII. Brahe y Kepler no se tuvieron simpatías, apenas un poco de respeto por la tarea del otro, y más si el primero quiso considerar al segundo sólo como un ayudante, un joven hábil con los números y la retórica para consagrar las teorías del danés.
Luminet ahonda en detalles poco ventilados de los científicos y que sin duda determinaron sus logros. Kepler se había casado con una mujer casi analfabeta que no comprendía su fatigoso trabajo estelar y la persistencia de renegar del catolicismo y la fe, aun en los momentos de máxima desesperación económica, y con peligro de sus vidas. Brahe tenía una larga descendencia con su mujer también plebeya, pero sus hijos sólo deseaban profitar de los privilegios del “papa de la astronomía” y se sumían en fiestas promiscuas y decadentes en la corte de Praga.
Kepler huía de las hogueras inquisitoriales en Estigia, por lo que aceptó un puesto de ayudante ofrecido por Brahe bajo el buen amparo del emperador Rodolfo II: “Tycho entregaría a Kepler la totalidad de sus observaciones sobre Marte. A cambio de ello, Johann, con su pluma, más afilada que la de su anfitrión, redactaría un panfleto”.
No fue fácil. Chocaron dos culturas, dos clases sociales, dos egos de pavo real. Y dos visiones de la concepción del universo. Desde el minuto inicial en el sombrío palacio habitado por Brahe, Kepler se sintió como un esclavo: “yo no veo más que a un tirano, a un sátrapa ignorante que abusa de su linaje y su riqueza para humillar a los verdaderos amigos del saber”. En dos oportunidades, el astrónomo alemán abandonó a Brahe, cansado de sus borracheras e intransigencias, pero siempre volvía: no tenía más alternativa.
Trabajaron juntos apenas un año, y Brahe murió luego de una juerga con sus amigos de la nobleza. Poco antes de fallecer, el danés realiza su acto de redención al heredarle a Johann su más valiosa propiedad en la tierra: sus cálculos.
“El secreto de Kepler” es la historia de héroes muy humanos, plagados de vicios, pequeñeces y caprichos, pero tan grandes que la ciencia astronómica todavía les debe su aporte para entender la razón de nuestra existencia.
“La mano de Fátima”:
Una lección pendiente de tolerancia
El español Ildefonso Falcones desarrolla una monumental novela histórica, sustentada en las pasiones, miserias y odios de moros y cristianos en una nación que se resistía a la convivencia pacífica y a la diversidad de credos religiosos.

Nada fue fácil para Hernando, pobre niño: nació luego de que su madre, Aisha, una muchachita mora, fuera violada por un cura cristiano. Así, su gestación lo ubicó entre las dos aguas turbulentas de la lucha religiosa en España del siglo XVI: los moros vencidos y expulsados del último territorio de la península ibérica, y los católicos recelosos, inquisitoriales, dados a la quema de carne hereje.
Hernando creció con la desconfianza de su propia sangre: su padrastro, quien se casó con su madre pese al hijo bastardo, lo trata como un esclavo, como uno más en la recua. Sus pares y hermanos lo desprecian: le llaman “el Nazareno”, para asimilarlo con su progenitor cristiano. A su vez, los cristianos tampoco pueden aceptarlo, salvo por un sacerdote de su comunidad que le tiene fe como un cordero de Dios. Ocurre que Hernando podría ser cristiano y musulmán al mismo tiempo, ya que se ha preocupado de aprender los fundamentos de ambas religiones: le reza a Dios y a Alá con similar virtud.
Así, ese sencillo comprender que “La mano de Fátima” (Editorial Grijalbo) sea un alegato en contra de la peor desgracia de la humanidad: la intolerancia religiosa, que todavía hoy cobra decenas de muertos diarios. Ildefonso Falcones despliega un inmenso trabajo historiográfico para situar su relato acerca de un muchacho, casi un niño, que pudo sobrevivir a la demencia de su entorno.
Los moros de Andalucía, en el sur de España, sufren las arbitrariedades de los vencedores hacia 1560: se les obliga a cambiar sus nombres por otros cristianos, se les pasa lista en la iglesia y se les multa por ausencia o por cualquier falta al ceremonial. En definitiva, se les roba y se les esquilma como si fuesen esclavos. Entonces, no nos extrañe que se origine una revuelta mora, conocida como La Alpujarra. Y Hernando en medio.
Los moros matan y mutilan a cuanto cristiano alcanzan, y roban sus riquezas como un botín de guerra. Pero serán victorias pasajeras frente al inmenso poderío de la España católica y engrandecida con la conquista de las Indias Occidentales. La represalia es tan feroz como la rebelión: los pocos moros que salvan vivos son convertidos en esclavos.
Cuando Hernando al fin ha conseguido en batalla la confianza de sus consanguíneos moros, conoce a una niña que huye de la masacre con un bebé. Tiene doce años, se llama Fátima, como el personaje ancestral de la religión musulmana: la única heredera directa del Profeta. Surge el amor entre ambos, pero no se puede concretar porque el cruel padrastro de Hernando, Brahim, se casa también con la niña. La ley de su pueblo se lo permite. No obstante, el entero núcleo familiar debe seguir unido porque no le queda otra opción: sólo si se mantienen juntos en la huida pueden sobrevivir. Y la huida de todos modos cobra víctimas. El grupo se compone además de su madre, Aisha, y los dos hermanastros pequeños de Hernando.
La novela de Falcones es avasalladora, extensa, abrumadora en el trance histórico de los territorios andaluces alzados en armas contra la opresión cristiana y luego aplastados sin misericordia. Ah, si hubiese habido algo de misericordia el mundo sería distinto. Los moros llevaban 700 años en España, ya formaban parte de la cultura y habían aportado al lenguaje, al comercio y al conocimiento hispanos. Merecían un pedazo de tierra. Y desde ese punto – quizás haya sido la idea del autor – se puede reflexionar sobre nuestras inconsistencias de civilización contemporánea.
Hernando, que en verdad se llamaba Ibn Hamid, no tiene otra opción que destazar a los enemigos que se ha creado, moros y cristianos. En el camino pierde el amor y la presencia de Fátima, pero ella también es fuerte y vivaz: nunca sucumbe, sino que – ya fuera de la península – logra posicionarse bien en la corte del poderoso Ahmed I, sultán de Constantinopla. Desde ahí extenderá su invisible mano de ayuda, “la mano de Fátima”, para, muchos años después, influir todavía en la suerte de su amor de adolescencia: Hernando, que en la madurez de su vida ha encontrado la paz al casarse con una muchacha cristiana harto más joven que él, Rafaela.
Varias obras han tomado el tema de la imposible convivencia de moros y cristianos después de las victorias católicas del siglo XV. Pero pocas se meten tanto en la carne, en el alma y en los huesos como “La mano de Fátima”. Es una novela histórica en un sentido clásico, pero también es una asignatura pendiente, porque todavía nos parecemos mucho a Hernando y Fátima huyendo por las sierras de Andalucía.
“Nocturna”:
Tópicos en vampirología aplicada
Escrita a cuatro manos por Chuck Hogan y Guillermo del Toro, la novela revitaliza el viejo mito del chupasangre, y actualiza el significado de nuestros temores como sociedad. Hoy la amenaza viene de los cielos, y los dientes afilados pueden ser armas de destrucción masiva.

Es un mal día para el doctor Eph Goodweather, especialista en epidemiología: debe permanecer atento al llamado de la corte en que se disputa la tuición de su hijo con su ex esposa, y debe mantenerse sobrio, lleva 23 meses sin beber una copa. Para peor, tiene que acudir a una emergencia en el aeropuerto de Nueva York, donde un avión proveniente de Europa ha aterrizado correctamente, pero seis minutos después se ha detenido en la pista sin dar más señales de vida, con las luces apagadas, y sin responder a la torre de control.
Después de la caída de las Torres Gemelas, cualquier cosa es posible, y una aeronave que se rehúsa a recibir instrucciones no puede tomarse a la ligera. Los gringos despliegan su inmenso aparataje de seguridad en torno al avión, y es el doctor Eph y su colega ayudante Nora quienes ingresan con extremas precauciones para rastrear una posible sustancia contagiosa. En el interior, todos los pasajeros se encuentran en sus asientos, no hay indicios de violencia o de fallas mecánicas, tampoco señales de pavor en sus rostros. Parecen estatuas de cera, algunos todavía con los audífonos emitiendo música en sus oídos, salvo que todos están muertos. Más tarde Ehp descubrirá que un piloto y tres pasajeros sobrevivieron, y que no son capaces de recordar qué ha ocurrido.
Así se plantea “Nocturna”, novela apasionante que le da una vuelta más al mito literario del vampiro, pero esta vez actualizado, con toques de género policial negro y ribetes de thriller conspirativo y de acción. Sus autores – Chuck Hogan, y el cineasta Guillermo del Toro – sin duda son fieles a los cánones de la religión vampírica y varios de los pasajes iniciales nos remiten al que hoy puede considerarse un libro sagrado: “Drácula”, de Bram Stoker.
Oculto en el vuelo Regis 753 viaja una bestia chupasangre y, tal como el conde Vlad Tepes en el barco rumbo al estuario del Támesis un siglo antes, se ha alimentado de los pasajeros durante el viaje. La diferencia es que el engendro de “Nocturna” es más discreto: no deja huellas en su “cocaví”, como si nadie hubiese sufrido. Los forenses ni siquiera encuentran rigor mortis, y sólo después de abrir los cuerpos a tajo abierto descubren un rastro ínfimo de intervención. Con un instrumento minúsculo les han extraído la sangre – tal vez una jeringa, ¡tal vez un diente! – y los han vuelto a llenar con un líquido blanco y espeso que, para más horror, parece palpitar en las venas. Ah, aun cuando ya están diseccionados, los cuerpos no se descomponen, es como si todavía viviesen.
Los cuatro sobrevivientes también se circunscriben a las reglas del género: no pueden ingerir alimentos y la aspereza de sus gargantas les provoca inusitada sed, pero no de agua.
Parece el fin de los tiempos, y el eclipse que justo ese día oscurece totalmente la ciudad es sólo una señal redundante: “el eclipse no era insólito en lo más mínimo. Simplemente les pareció congruente que el cielo y Dios estimaran conveniente ilustrar de algún modo su desespero”.
Las novelas, películas y series de vampiros gozan hoy de una saludable moda. Sin embargo, “Nocturna” va más allá de un puntual flirteo con el mercado, se emparenta con esas versiones libres del mito de Drácula que llevaron al cine F. W. Murnau en 1922 y Werner Herzog en 1979. En ambas, la presencia del vampiro se convertía en una metáfora de los temores y traumas de la sociedad, y en la trama de Hogan y Del Toro cada elemento apunta a la amenaza terrorista y a la indefensión en que se encuentran los norteamericanos luego del ataque a su territorio en 2001: cualquier avión de pasajeros puede traer consigo el infierno.
Sabemos que el chupasangre es eterno, y que jamás será del todo vencido. La última vez que lo vieron fue en los campos de concentración de la Alemania nazi, en donde le sobraban las víctimas para mantener su estricta dieta de sangre. Setrakian es un sobreviviente de ese entonces, conoció al monstruo de cerca mientras devoraba a sus compañeros de barracón, y tal vez ahora podría ayudar a las autoridades a descifrar el enigma.
En la noche del eclipse las fuerzas del mal se despliegan para ocupar Nueva York como la más peligrosa arma de destrucción masiva. Ahí tienes, Bush.
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